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El Nuevo Herald

Se para en la caja de bateo del Fenway Park y lo primero que hacen los fanáticos agolpados por encima del clubhouse del equipo visitante es levantar unos posters que jamás se pudiera pensar que se verían en un estadio de pelota.

En ellos, la sonrisa de Madonna, la nueva arma de los aficionados de los Medias Rojas de Boston para contrarrestar a Alex Rodríguez.

A-Rod apenas echa un ojo y en menos de un minuto suelta un obús que cae por la raya del jardín izquierdo que le permite alcanzar sin apuros la intermedia.


Un hit más
Desde principios de julio, este hijo de dominicanos nacido en Nueva York y criado en Miami ha estado bajo el escrutinio público como nunca antes.

Para A-Rod el mundo, tal y como lo conocía, se le empezó a derrumbar hace menos de 30 días. O quizás ya había empezado a desmoronarse antes, sólo que a nosotros se nos reveló la verdad mucho después.

En menos de 30 días, se divorció, se le vio con Madonna, se dijo que le habían lavado el cerebro, que frecuentaba bailarinas exóticas, que había una cinta de video de él teniendo sexo con la legendaria cantante, en fin, sólo le faltó ser el culpable del aumento desmedido del precio del petróleo.

Lo cierto es que en julio pareció haberse quitado el legendario ropaje a rayas de los Yankees de Nueva York para convertirse en una celebridad más que alimenta a los voraces tabloides. En resumen, la vida del mejor pelotero de la actualidad y uno de los más brillantes de la historia, pasó a ser la misma de un invitado de Laura Bozzo.

¿Y cómo ha reaccionado A-Rod? Bateando. No hay otra manera. En julio, Rodríguez exhibe promedio --sin incluir el desafío de anoche-- de .315 con .378 de porcentaje de embasamiento. Además suma cinco cuadrangulares y 17 carreras remolcadas en 19 partidos.

Se podrá decir que Rodríguez quizá no tiene el carisma y el liderazgo de Derek Jeter. También que A-Rod cuida excesivamente su imagen con el mismo rigor de una agencia de relaciones públicas. En fin, y sin andar con tantos ambages, que no cae bien en muchos círculos y que es antipático para muchos aficionados, quizá sólo por el hecho de ser el hombre con más dinero en el terreno de juego.

Nadie puede imaginar el revuelto infierno que regenta los pensamientos de Rodríguez en este momento. Pero es ahora justamente cuando también aflora el verdadero pelotero y cuando se evidencia el auténtico temple que tiene como ser humano, al soportar este incómodo chaparrón con estoicismo, sin bajar su rendimiento y sin pedir un día libre.

Antes de cada partido se coloca su uniforme, entrena con sus compañeros y sale al terreno sin importar que los fanáticos coreen las estrofas de las canciones de Madonna.

¿Cuántos de nosotros no hemos pedido un día en el trabajo por mucho menos que esto?
Tendemos a calificar a los peloteros y a los deportistas en general y muchas veces caemos en una crítica negativa irresponsable que raya en el desconocimiento. “¡Ese es un muerto!’’. “No batea ni con un periódico enrollado”, decimos a veces.

Pero los jugadores de béisbol son abnegados profesionales que durante más de seis meses no toman ningún día libre. Que están bajo la lupa de la opinión pública. Que, a diferencia de nosotros, no pueden ir al cine o un restaurante con tranquilidad, sin que los escruten detalladamente.

Al verdadero aficionado de la pelota poco le importa si A-Rod se acuesta con una cantante de rock o si está metido en algún culto, como dicen algunos de sus “amigos’’. Lo que nos interesa a quienes profesamos la religión del béisbol son sus estadísticas y lo que pueda aportar para que su equipo gane.

Y aunque está presente últimamente en los estadios, que yo sepa, Madonna no juega béisbol.