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¡Ah, qué sabroso es revisar vídeos! En 2004, el empate provocó humeantes discusiones, y cuatro años después, en 2008, el dificilísimo triunfo de Manny Pacquiao sobre Juan Manuel Márquez en batalla por el cinturón Superpluma del CMB, 130 libras, las extendió con mucha brusquedad. Y es que peleas tan cerradas provocan fallos envueltos en una polvareda de discusiones.

¿Qué sería del deporte, o de la vida, sin lo controversial? Incluso en el arte: ¿Leonardo o Miguel Ángel? ¿Mozart o Beethoven? ¿Flaubert o Faulkner? La revancha Márquez-Pacquiao fue una buena pelea, aunque no lo suficientemente grande. Estrujante a ratos, salpicada de sangre en las dos esquinas, con una violencia sostenida desembocando en el desfiladero del dramatismo.

El fantasma de aquel despegue espectacular realizado por Pacquiao cuatro años atrás,  derribando tres veces a Márquez en el primer asalto fue desvanecido por el buen accionar del mexicano en los seis minutos iniciales esgrimiendo su larga, precisa y poderosa derecha como un estilete.

El primer impacto provocado por Pacquiao fue como un rayo en seco. Una izquierda corta, explosiva, quebranta-huesos, recibiendo a Márquez que intentaba crecer en atrevimiento mientras se desarrollaba un agitado tercer asalto.

En México los boxeadores son “cultivados” en un paso como el de las Termópilas. Son inyectados con un excedente de audacia y se sienten atraídos a los riesgos. Márquez reaccionó rápido volviendo a mostrar fiereza y determinación, afianzándose en la media distancia con su derecha funcionando como seria advertencia, y abriendo brechas incluso para repeticiones.

Cortado en su ceja derecha por un cabezazo no intencional, Márquez restó importancia a la pequeña cortina de sangre y continuó su empuje ordenado, bloqueando efectivamente la capacidad de agresión de un Pacquiao, que confió ciegamente en su asimilación para garantizar su insistencia.

Cada uno de ellos se aproximó al caos frente a agresiones que finalmente fueron apagadas por la resistencia que construyeron durante una excelente preparación, y cuando Márquez conectó, haciendo girar su puño derecho en ese ojo de Pacquiao cubriéndolo de sangre en el octavo round, la excitación se elevó hasta el techo en el Mandalay.

¿Por qué en mi consideración, obviamente expuesta a la equivocación, ganó Márquez?

Su ofensiva fue más intensa y precisa que la del filipino; llegó con los golpes más claros y sorprendentemente supo sujetar la furia de Pacquiao en cambios de golpes agobiantes, dejando una sensación de equilibrio. Excepto en ciertos pasajes, no lo vimos desarticularse, pese al cuido que requería ese corte en su ceja derecha, y de esa forma,  consiguió en esta ocasión evitar que el retador recortara la distancia y estableciera una propuesta candente.

Pacquiao mostró su mayor poder para pegar y recibir, pero tuvo problemas para manejar el espacio y ensayar descargas. Márquez manejó mejor sus piernas en una pelea tan difícil de juzgar, pero que a mí me pareció favorable al mexicano, mejor boxeador, igualmente temerario, pero menos potente que el filipino.

“No me interesa una tercera pelea”, dijo Pacquiao, y lo entendí en aquel 2008. Pero ahora en 2011, la consideración es otra, también fácilmente entendible en peso Welter, 147 libras, y con Márquez en los 38 años.