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Posiblemente el propio Cy Young no hubiera podido superarlo en este fulgurante 2011. En la mayoría de sus 34 aperturas, el derecho de los Tigres Justin Verlander, Novato del Año de la Liga Americana en el 2006, pareció estar lanzando desde otro mundo. En una época en que los ganadores de 20 están escaseando y no se ven brazos que resistan 300 entradas, Verlander con balance de 24-5, 2.40 y 250 ponches en 251 episodios, fue un Triple Corona pura sangre, y todos sabíamos que conseguiría el Cy Young del llamado joven circuito, por unanimidad.

Uno piensa que el mejor ganador del Cy Young que hemos visto, es el fabuloso zurdo Steve Carlton, quien en 1972, desde un equipo de último lugar limitado a 59 triunfos como aquellos Filis, ganó 27 veces, registró 1.97 en carreras limpias, y ponchó a 310 mientras trabajaba 346 entradas. Algo verdaderamente monstruoso.

Sandy Koufax quien ganó tres Cy Young cuando solo se entregaba una distinción, no dos, el Bob Gibson de 1968, el Ron Guidry de 1978, también fueron impactantes, pero ese tipo de dominio, se lo llevó el viento.  

En estos tiempos tan aciagos para el pitcheo, en que los brazos crujen o se derriten, Justin Verlander, un lanzador de meteoros, no pretendía ir tan lejos como Carlton en aquel 1972. Solo se concentró en un crecimiento sostenido, y aunque no pudo empujar a los Tigres en la postemporada, lo que hizo en la temporada regular, hay que grabarlo en los jardines colgantes de Babilonia.

Después de verlo ganar 17 o más juegos en cinco de sus seis temporadas completas, con balance global de 107-57, Verlander de 31años, está siendo considerado como un probable ganador de 300, una “raza” de pítcheres en extinción. Se trata, visto desde cualquier butaca, de un reto exigente, pero él es capaz.

Con un contrato de cinco años por 80 millones de dólares que se vence en el 2014, cuando cumpla 34, Verlander entra a la fase en que la madurez agranda el repertorio y lo hace más eficaz. Fenómenos como Dwigth Gooden, nunca consiguieron eso y terminaron frustrados, pero Verlander parece atraído por la grandeza.

Desde que el relevista Willie Hernández ganó el Cy Young en 1984, ningún tigre lo había conseguido.