•   San José / El País  |
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Costa Rica es un país verde que tiene un Estadio Nacional espectacular, construido con capital chino y por 1800 obreros chinos que terminaron la faena dos meses antes de la fecha pactada. Dicen que China pagó la obra a cambio de que el gobierno de Costa Rica dejara de negociar con el de Taiwán. Los ticos, además de amables y sonrientes, sienten pasión por el fútbol y el martes lo demostraron durante un partido felizmente histórico para ellos, ridículamente histórico para los campeones del mundo. España jugó por vez primera contra Costa Rica y no olvidará el deshonor.

Las buenas relaciones de Villar con Eduardo Li, el presidente de la federación costarricense y dos millones de euros de inversión privada exigieron el esfuerzo, así que la pasional afición de los ticos pudo disfrutar de un partido contra el campeón mundial. Lo que no estaba en sus planes, ni en sueños, era poder ganar el duelo. A diferencia de lo sucedido contra Inglaterra, cuando España mandó en el campo y los ingleses en el marcador, el martes Costa Rica se impuso se mire por donde se mire, por mucho empate que arrancara La Roja en el último instante.

La Federación cumplió y Vicente Del Bosque jugó con diez campeones del mundo. Empezó Casillas de entrada -sustituido por Valdés en el descanso- y así alcanzó los 127 partidos internacionales, récord absoluto del fútbol español. Del Bosque usó otra vez a Arbeloa de lateral derecho, y puso esta vez a Monreal por la izquierda; repitió con Ramos de central formando pareja esta vez con Puyol y la prueba no funcionó. Sufrieron demasiado los centrales con Campbell y los laterales ni cerraron ni aportaron profundidad.

España echó en falta a Busquets, que se quedó de entrada sentado en el banco. A Busquets a menudo se le menosprecia, pero su presencia es mucho más trascendente de lo que parece, por mucho que se haya ninguneado su aportación ofensiva. Sin él sufrió Alonso, con mucho campo que tapar, y padeció Xavi, que no encontró a su escudero. A España le faltó juego. Si en Wembley sobró toque y faltó verticalidad, esta vez hubo demasiada prisa y poco control, así que La Roja resultó irreconocible como pocas veces. Mata, Cesc, Iniesta y Villa revolotearon camino del gol, con poco peligro porque en La Roja el juego lleva al gol, y España jugó muy poco. Del Bosque apostó por mandar a Villa a la banda para que el de Arenys de Munt tuviera llegada. A Fàbregas se le tenía por centrocampista, pero es un peligro en el área.

El seleccionador Pinto puso a cinco defensas y a cuatro hombres por delante. Eso sí, negó de víspera que Costa Rica buscara únicamente defender y cumplió. Los ticos se apelotonaron lo suficiente y corrieron lo necesario para complicarle la vida a España.

Entre la potencia de Campbell y el desparpajo de Randall Brenes, España entró en barrena y rozó el ridículo porque jugó fatal, sin apenas solidaridad grupal, con cierta apatía, demasiado lejos los unos de los otros... No se juntaron los pequeños, así que España no tuvo el control del partido, estirado el campo de área a área por Costa Rica: atrincherada en la de Navas, el portero del Levante volaba camino de la de Iker, que falló estrepitosamente a la media hora de partido, regalando el gol al Chiqui Brenes. Antes del descanso, Campbell tuvo demasiado tiempo para acercarse con comodidad al área, armar la pierna y clavar el balón al palo largo, imposible para el portero. Humillada, España enfiló el camerino.

Cuando regresaron del descanso estaban Valdés, Busquets, Cazorla y Navas en el campo, y Casillas, Xabi Alonso, Xavi y Mata en la ducha. Cambiaron las caras, cambió el partido y aunque a esa altura de partido diluviaba, La Roja, ayer de blanco, hizo las cosas mejor y el campo más chato. A los costarricenses se les acabó el oxígeno, Iniesta se convirtió en un puñal como extremo, Cazorla asumió el mando, y apareció Busquets para darle la vuelta al partido. Pisaron área los campeones, a Villa le anularon un gol, tuvo otro Iniesta, y al final, primero marcó Silva y finalmente, empató Villa.

España se salvó de la derrota más humillante desde aquella en Chipre después del Mundial de Francia 98, y al final evitó lo que hubiera sido un ridículo futbolístico.