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Con un boxeo flexible, mucha dureza mental, y dotado de una inquietante agudeza de penetración, el boricua Miguel Cotto, realizó un implacable ajuste de cuentas con el mexicano Antonio Margarito, obligándolo a abandonar la pelea en el décimo asalto mientras gritaba ¿dónde está mi ojo?

Moviéndose siempre hacia su izquierda, atacando a Margarito con cruzados precisos y directos lacerantes, frenando, saliendo y regresando con combinaciones, Cotto se estableció con comodidad en la distancia requerida, y sacándole máximo provecho a su velocidad de piernas, mantuvo deambulando dentro de la confusión al azteca, evitando ser dañado por su sólido golpeo, absorbiendo golpes aparentemente de consideración sin perder la orientación.

La sospecha de haber utilizado yeso en sus vendas en la pelea del 2008, como estuvo a punto de ocurrir frente a Mosley más adelante, de no ser descubierto a tiempo, cobró vida, cuando Margarito no pudo hacer valer el peso de sus impactos, ni siquiera en los asaltos 4 y 5, atravesando sus mejores momentos, dando la impresión de poder darle un giro a la batalla ante más de 20 mil en el histórico Garden de Nueva York.

Sin yeso y sin un ojo, el derecho totalmente cerrado por la agresión a que fue sometido desde muy temprano, forzando una revisión antes del sexto round, Margarito dependió de su innegable coraje en lo que fue la recta final, tratando de moverse entre sombras y escombros.

El ojo averiado seriamente por el golpeo de Pacquiao y sometido a varias cirugías, se convirtió en el objetivo esencial de los disparos realizados por un Cotto permanentemente enfocado, construyendo una victoria reivindicadora.