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Ganando o perdiendo, Tommie Hearns siempre garantizaba un show de furia. Fue un peleador envuelto en llamas, audaz e implacable, frenético en su ataque, contragolpeador mortífero, capaz de conquistar cuatro, cinco y hasta seis cinturones entre las categorías Welter y Crucero, pasando por Superwelter, Mediano, Supermediano y Ligero Pesado. Su inclusión en el Salón de la Fama del boxeo en Canastota, era solo asunto de tiempo. Sus méritos entre las cuerdas, incuestionables.

Quienes lo vimos en acción, tenemos mucho que agradecerle y sentirnos afortunados. Fue una etapa de oro del boxeo mundial, con un grupo de púgiles feroces electrizándonos con sus batallas.

¿Cuál fue la mejor pelea de Hearns? Sorpréndanse, el poderoso golpeador que logró 61 triunfos, 48 por nocáut, perdiendo 5 veces, provocó una impresión tan inmensa como el Himalaya, no destrozando a Pipino Cuevas y  a Roberto Durán en apenas dos asaltos, o superando a Wilfredo Benítez en largos 15 asaltos, sino en su derrota ante Ray “Sugar” Leonard  en 1981 en el Palacio de los Césares en

Las Vegas, atropellado inesperadamente en el 14 round, con todas las tarjetas de su lado.

Pelea para ser recordada por siempre. Leonard fue cortado y su ojo derecho inflamado y sin visión, era grotesco, mientras Hearns sobrevivía a dos caídas, imponiendo un ritmo alucinante a su golpeo largo. El duelo de invictos fue enloquecedor, con Hearns en ruta hacia una victoria grandiosa, cuando en el round 14, Leonard se volcó espectacularmente con una arremetida pocas veces vista, y obligó al referee a intervenir suspendiendo el combate.

La revancha fue sostenida en suspenso por ocho años, hasta que volvieron a enfrentarse en 1989. Los dos estaban más lentos y menos destructivos, pero Hearns impetuoso, derriba dos veces a Leonard pero tiene que conformarse con un empate que todavía se discute.

La pelea más dramática de Hearns fue contra Marvin Hagler, que ofreció el más encendido primer asalto que se recuerde, con una furia que se extendía a las tribunas con ese inconfundible “olor” a nocáut. Después de esos tres minutos, terminaron tan agotados como el etíope Bikila cuando ganó el Maratón Olímpico corriendo descalzo, pero no se detuvieron a oxigenarse en el segundo asalto, y en el tercero, la presión puesta por Hagler, forzó a Hearns a girar, mostrar su espalda y refugiarse en las sogas. Hagler con su nariz partida, fue encima y desplegó un bombardeo feroz derrumbando a Hearns y sellando un nocaút técnico.

¡Ah qué tiempos aquellos del boxeo! Cada pelea era una cabalgata de emociones con una fogosidad escalofriante. Y Tommie Hearns fue uno de sus mejores gladiadores, sin dar ni pedir cuartel.

Sus peleas echaban lumbre. Nació para atacar en todas las circunstancias, y eso lo apreciaba el público. Cada rival sabía que enfrentarlo equivalía a entrar al infierno. Su ingreso al Salón de la Fama era algo que estaba escrito diría Diógenes.