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En su debut desde la colina del Chinandega, Vicente Padilla obtuvo lo que necesitaba: impresionarse a sí mismo para inyectarse de confianza. Él sabe, que desde este béisbol tan pequeño no va a impresionar a los equipos de Grandes Ligas, obviamente desinformados de lo que por aquí ocurre, pero tenía urgencia de probar su escopeta, después de haber sido sometido a dos operaciones en este año; la primera para liberar un nervio radial atrapado por un músculo en el antebrazo derecho, y la otra, para aplicar correcciones en su cuello afectado.

Limitado a solo nueve relevos cortos con ocho entradas y dos tercios de recorrido, registrando 4.15 en efectividad con los Dodgers, Padilla regresó a la Agencia Libre cubierto por una gigantesca interrogante sobre su futuro. Fue a México supuestamente en busca de quedar expuesto a observación y diagnóstico, pero no apareció en escena ni una vez, y decidió replegarse al terruño, prácticamente colocándose detrás de las cortinas.

Lo que mostró en Granada, fue alentador y precipitó nuestro optimismo. Trabajó seis entradas sin molestias, enfrentó a 22 bateadores, ninguno con cara de Alberto Pujols naturalmente, soportó cuatro hits, con Renato y Jimmy entre los irrespetuosos, y se sintió satisfecho por el zumbido de su bola rápida y el funcionamiento de su control. Una buena señal.

Claro, es muy temprano para golpearse el pecho con los puños y lanzar un aullido al aire, pero fue muy útil comprobar que brazo y cuello, respondieron a las exigencias del largo esfuerzo, sin importar el nivel de la oposición.

Uno piensa que después de enfrentar tantos problemas musculares, Vicente puede ser visto como relevista. Si su brazo está bien en ruta a los 35 años, como preparador o cerrador, podría tener utilidad. Lo que necesita es que se le presente una oportunidad con cualquier equipo para ser evaluado en el entrenamiento primaveral.

Por ahora, con su escopeta bajo la lupa, Padilla está examinándose. Su primera prueba, fue positiva.