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Antes de recibir 32 mil dólares por firmar con los Marineros de Seattle, Juan Carlos Ramírez estaba priorizando sus estudios y gestionando como jugador de baloncesto una beca deportiva, para cumplir su sueño de estudiar Ingeniería Civil.

“Ya me habían aprobado la beca en la Unival, era solo cuestión de jugar con el equipo de la universidad, pero el 2 de julio de 2005, un mes antes de cumplir 17 años, el destino cambió los planes de Ramírez. El scout de Seattle, Luis Molina, tras convencerlo que nació para jugar béisbol, obtuvo su firma, girando la vida del espigado muchacho.

Mucho antes de despegar su carrera profesional, aún siendo un niño, el béisbol moldeó la formación de Juan Carlos, lo hizo más responsable y le ayudó a abrir un abanico de posibilidades y a evadir las tentaciones juveniles.

“El béisbol me compuso, yo andaba en la vagancia, me portaba mal en mi casa y en la escuela, no hacía caso, no llegaba a clases, solo andaba en las calles, pero cuando ya me gustó jugar béisbol, tenía que hacer las tareas y salir bien en las clases para ir al campo. Esa regla la puso mi mamá. Así me enderecé”, dijo.

A los ocho años, Ramírez fue convencido de que jugara por Felipe Salinas, entrenador infantil en la 14 de Septiembre. Empezó de cátcher y tercera base. Un día hizo un tiro tan potente de tercera a primera, que su entrenador lo convirtió en pitcher.  “Mi primera posición fue cátcher, por eso desde niño admiré a Jorge Posada, a quien conocí este año”.

Juan Carlos nació el 16 de agosto de 1988. Hijo de Ana Hortensia Ramírez Calero. A su papá Celestino Sintra, un cubano miembro del ejército de aquel país, nunca le conoció. Creció en un hogar de mujeres, entre su mamá, su abuela y sus tías. “La familia es de siete miembros y soy el único varón, por eso me miman”, sonrió.

Quizá por ese apego familiar, en dos ocasiones después de ser firmado, estuvo a punto de regresarse al país y abandonarlo todo.  “En el primer año cuando me mandaron a Venezuela, me agarró una desesperación por venirme. Fue difícil acostumbrarme a la soledad, pasé casi un mes sin hablar con mi mamá y eso me angustiaba. En 2008, ya en los Estados Unidos, estuve por dejarlo todo, pero otra vez mi mamá y mi novia me convencieron de que tenía que seguir luchando por mi futuro”.

Cuando firmó, Ramírez medía 6’3 y pesaba 162 libras. Al año siguiente, en la Liga de Verano de Venezuela, subió de peso y pudo marcar lanzamientos hasta de 98 millas por hora.  “Llegue flaco, pero comiendo bien y yendo al gimnasio empecé a desarrollar mi velocidad. Ahí entrenaba y corría. Esa era la rutina”.

Ramírez recuerda que fue en ese momento cuando el panorama le cambió. Empezaron a verlo como una verdadera promesa. Sintió que todos los ojos estaban encima de él y lo trataban como un próximo Grandes Ligas. Eso lo animó.

En 2009 apareció en la lista de los principales 30 prospectos de la MLB, al año siguiente fue involucrado en un sonado cambio entre Marineros y Filis de Filadelfia, en donde las piezas fundamentales eran los ganadores del Cy Young, Roy Halladay y Cliff Lee. Esa misma temporada, en Nueva York fue operado para corregirle un defecto en la cadera.

“Me asusté con la operación. Hablo inglés, pero todo se me borró ese día. Estaba solo, sin familia, sin amigos. Espero que sea la primera y última visita al quirófano”, expresó.

Actualmente es jugador categoría Doble A con los Filis. Su meta es llegar en dos años.

¿Qué te hace falta para ser un Grandes Ligas?
“Trabajar más, poner más esfuerzo y empeño. A veces solo hago lo que me piden los entrenadores, y en esto uno tiene que trabajar el doble, sacarle el 200% al cuerpo”.

Tras responder, recuerda que en la Juvenil no solo le decían “Cubano”, también tenía el apodo de “El Boludo”. Dice que del Bóer Juvenil lo corrieron por “boludo” y lo tenían que estar “hincándolo” para correr. Afirma que ahora es distinto, nadie lo tienen que estar empujando para entrenar. “Eso se lo debo al entrenador cubano del Bóer, Carlos Rodríguez, él me quitó lo haragán”.

Ahora, Juan Carlos está enfocado en seguirse proyectando hacia las Mayores. Todos lo deseamos tanto como él.