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El Bóer, que parecía un cadáver maniatado frente al pitcheo aplastante de Vicente Padilla durante siete entradas, se sintió liberado de cadenas una vez que el temible tirador salió del escenario, se lanzó a atizar el fuego contra el relevista zurdo Saydel Beltrán, y contempló en ese octavo inning, con sus ojos inflamados de avidez, cómo fabricaba las cuatro carreras que garantizaron su cuarta coronación en esta nueva etapa del beisbol profesional, mientras Diego Sandino, completaba la blanqueada que Francisco Cruceta comenzó a darle forma saltando obstáculos con la maestría de Edwin Moses.

La multitud, con sus corazones rotos, no quería ver el martirizante 4-0 en la pizarra. Salió en silencio, desplomada.

Alfred Hitchcock hubiera apreciado inmensamente Cruceta. Cinco de los seis ceros que consiguió retando a Padilla, estuvieron inyectados de suspenso. Solo consideren que sujetó a los bateadores del Chinandega de 10-0 con hombres en posición anotadora, trabajando en cámara lenta, estableciendo récord de virajes, quitándole la paciencia al adversario en medio de las dificultades, sobreviviendo a cuatro hits, tres bases, tres golpes y un error. ¡Diablos, mostró una sangre fría que hubiera provocado otro escrito de Truman Capote!

El pitcheo de Padilla no dio tregua. Parecía apurado en sacar los outs, y solo enfrentó un problema en el tercer inning, cuando Abea abrió con un toque sorpresivo y boleó a Holmann, que tanto daño hizo con dos estupendas jugadas defensivas, una en el quinto inning sobre batazo de Batista, y otra en el sexto con dos a bordo sin out, realizando un doble play. Frente a esa situación, Padilla hizo desaparecer la amenaza liquidando a Joseph, Campuzano y Calderón, haciéndolos lucir como mini-moscas.

Eso sí, cada inning, los dos ceros tenían el mismo tamaño y significado: el autoritario de Padilla, y el sufrido de Cruceta. Sostener el empate a nada, era la complicada misión del lanzador indio, y la cumplió. Detrás de ese esfuerzo, Sandino supo apretar tuercas, pero no Saydel Beltrán, el incansable zurdo, sacudido por hits consecutivos de Abea, Holmann, Joseph y Campuzano, obligando al ingreso de Oswaldo Mairena, quien no pudo evitar el hit impulsador de Calderón y fly de sacrificio de Vásquez, redondeando esa ofensiva mata-ilusiones, estableciendo el 4-0 en la pizarra.

El pitcheo del veterano Sandino, flotante y dominante, con el soporte de su control, mantuvo a raya el bateo del Chinandega, permitiendo solo dos hits a 11 bateadores, y cerrando con par de ponches a Marín y Batista.

Sin Padilla, el Bóer despertó, arremetió y ganó para volver a coronarse. Sin Padilla, amarrado por ese 0-0 tan molesto, el Chinandega se sintió con un pasado perdido y un futuro vacío. Finalmente, en serie recortada a seis juegos, el pronóstico se cumplió. El grito de ¡Viva el Bóer!, amaneció estremeciendo Managua.

 

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