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Incontrolable, indomable, implacable, eso fue el serbio Novak Djokovic mientras atravesaba los momentos cumbres, esos de exigencia extrema, para imponerse espectacularmente (5-7, 6-4, 6-2, 6-7 y 7-5) a un formidable Rafael Nadal, en lo que cualquier productor de Hollywood llamaría “Duelo de titanes”.

¿Se imaginan lo que es batallar fieramente durante 5 horas y 53 minutos, entre los escalofríos que provocan constantemente posibles “quiebres”, sobreviviendo al terrible desgaste consecuencia de perseguir pelotas cruzadas que te obligan a correr con desesperación sin calcular distancias, persistiendo en cambios de metralla intentado trazar diagonales mortíferas, sudando horas extras al atravesar por resurgimientos milagrosos, ofreciendo tu mejor tenis y sintiendo que no es suficiente?  

¡Diablos, qué brutal fue ese enfrentamiento interminable! Nadal resolvió el primer set 7-5, con esa bravura que siempre lo ha caracterizado, atreviéndose a subir a la red en situaciones apremiantes, cambiando las velocidades de sus envíos, y sacándole provecho al mayor descanso para recargar sus baterías Un set de una hora y veinte minutos, sencillamente electrizante.

Y casi de inmediato, la respuesta vigorosa de un Djokovic preciso, potente, firme en los contragolpes, exhibiendo una gran capacidad de cobertura en su defensa, y capaz de improvisar con seguridad, tanto con golpes rectos como con cruces de alto riesgo. Ahí estaba el reluciente 6-4 equilibrando el marcador.

Inesperadamente, Nadal pierde la orientación en el tercer set, y Djokovic, con la majestuosidad de un tenis largo bien dibujado, domina 6-2, dando la impresión de haber “embotellado” el partido. Lo que Nadal intentaba, encontraba respuesta. Viendo al español desarmado, el público pensó que todo estaba consumado, como en Wimbledon y en el Abierto de Estados Unidos el año pasado.

Sin embargo, Nadal recuperó su inspiración, recibió una transfusión de sangre, y su vitalidad fue reactivada. Increíblemente, estando atrás 4-3, el pistolero español logró borrar un 0-40 mostrando furia, ejerciendo presión, y retorciendo la raqueta del serbio, para nivelar 4-4 y ganar más adelante un tie breaker extenuante, saliendo del hoyo 3-5 a base de agallas. Ahora el duelo estaba 2-2 en sets, con ambos en el límite del agotamiento, pero galvanizados apenas la bola se ponía en juego.

Cuando eso ocurría, las piernas dejaban de ser trapo para tensarse como cables de acero, aparecía el oxígeno necesario y los brazos se movían tan frenéticamente como los de un boxeador lanzado al remate. Nadie se ha percatado que hace largo rato, la media noche quedó atrás, y que la una de la madrugada ha sido rebasada. ¡Qué importa el tiempo frente al colosal duelo!

Nadal consigue un quiebre de ventaja haciendo aullar a sus seguidores, pero Djokovic responde de inmediato con otro quiebre, y esa ventaja por 6-5 la convierte en irreversible con un cierre estupendo. Cuando liquida la batalla para apuntarse su quinto Grand Slam y tercero consecutivo, derrotando por séptima final corrida a Nadal, el serbio cae desplomado, estira las piernas, abre sus brazos y eleva la mirada. No había duda, estaba en el Paraíso.
 
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