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¡Qué difícil fue! Cómo sobrevivir en una pileta llena de pirañas; o salir ileso con el puño en alto de un edificio derrumbándose; o resucitar entre una montaña de dificultades.

Michael Phelps obtuvo su séptima medalla de oro, con el corazón tratando de salir por su garganta, sus pulmones a punto de reventar, su ilusión de igualar con Mark Spitz por romperse y sin récord mundial, pero con un alarde de recuperación impresionante, imponiéndose en un electrizante cierre, provoca infartos, mientras las tribunas rugían enloquecedoramente.

Con el serbio Milroad Cavic, dueño del récord olímpico por la derecha y su compañero de equipo Ian Crocker, poseedor de la marca mundial por la izquierda, Phelps se proyectó en el carril 5, rezagándose preocupantemente. Cuando lo vi rebotar en la pared como séptimo lugar, luego de los primeros 50 metros, pensé titular “Nadie es perfecto”, ni Michael Phelps, pero faltaba conocer algo más sobre sus agallas.

Fue, como si de pronto hubiera activado un poderoso motor. Faltando 20 metros, sus posibilidades parecían remotas, pero siguió, siguió y siguió, a la caza de Cavic, mientras Crocker y el australiano Lauterstein, no resistían la espectacular embestida.

La última brazada fue sacada de un libreto de Hitchcock, o Agatha Christie. El suspenso viajando a bordo del Expreso de Oriente. Todos los puños crispados en la multitud, el rechinar de dientes producía una “sinfonía macabra”, la respiración se tomó una pausa que parecía eternizarse.

Las manos estiradas de Cavic dentro del agua se aproximaban aceleradamente a la pared, mientras los brazos de Phelps se arqueaban por encima. Finalmente, los dos toques, del uno y del otro. El ¿quién llegó primero?, se convirtió en una gigantesca intriga, hasta que lo electrónico terminó con el oleaje de especulaciones. Phelps primero con 50.58 y Cavic con 50.59, una centésima de suspiro detrás.

¡Diablos, qué difícil fue!. Phelps flaqueó primero, sólo para ofrecer la más dramática y resonante prueba de su grandiosidad como competidor.


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