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Panamá entera estaba de pie, con los ojos bien abiertos y su corazón acelerado, pendiente de cada salto de su hijo más apreciado en el atletismo mundial, Irving Saladino. La expectación por la medalla de oro estaba plenamente justificada. Campeón Mundial en Osaka y dueño de la mejor marca del año con 8.73 metros en longitud, Saladino era el favorito de profetas y profanos en Beijing.

Su primer intento fue nulo, y luego, voló a lo largo de 8.17 metros para encabezar la prueba. Aumentó a 8.21 en el tercer impulso, y se extendió a 8.34 en el siguiente, por 8.24 del surafricano Khotso Mokoena, ganador de la plata, en tanto el cubano Ibrahim Camejo necesitó dos saltos más para capturar el bronce con 8.20 metros.

Qué importa lo distante que quedó de la marca olímpica establecida en 1968, hace 40 años, por el estadounidense Bob Beamon con 8.90 metros, y del registro mundial de 8.95 fijado por Mike Powell en el Mundial de Tokio en 1991. El objetivo era ganar el oro, y lo logró, el primero para el atletismo canalero en toda su historia.

“No fue mi mejor salto, pero sí lo suficiente para triunfar. Una Copa del Mundo se puede ganar por un penal. Lo importante es haber vencido”, dijo el tigre panameño que resplandece mientras se proyecta vertiginosamente en el aire.

En 1948, durante los Olímpicos de Londres, Lloyd LaBeach, nacido y desarrollado en Panamá, hijo de jamaiquinos, se convirtió en ganador de medallas de bronce en 100 y 200 metros, provocando una gran repercusión.

En 1951, LaBeach se apoderó de la marca mundial de 100 metros al detener los cronómetros en 10.1 segundos. Precisamente eso es lo que busca ahora Saladino, superar la marca de Powell de 8.95 metros, que ha permanecido sin ser amenazada por 17 años. Los llamativos 8.73 metros logrados por el panameño en Holanda el pasado 24 de mayo le permiten pensar en ese atrevimiento.