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  • Seattle Times

Jugar para un equipo que utilizaba bates astillados, un cátcher con guante raído y sin cascos de protección, fue lo mejor que le pudo pasar a Erasmo Ramírez.

Si no fuera por esa escasez en el equipo de su Rivas natal, el prospecto aspirante a pitcher abridor de los Marineros nunca hubiese conocido al hombre que cambió su vida. Fue hace ocho años que Moisés Santiago, trabajador retirado de una tienda de impresiones en

Chicago, con una pensión por invalidez, vio un programa relacionado al problema de la falta de apropiados artículos de beisbol en Nicaragua, cerca de donde Ramírez vivía.

Santiago, quien fue una vez coach de beisbol por 25 años, usó sus ahorros para comprar nuevos equipos y pagó un viaje de avión a esa nación centroamericana. Una vez ahí visitó los destartalados campos de juego, distribuyó los artículos a equipos y jugadores necesitados y ofreció consejos como coach a cualquiera que le preguntara. Así fue como conoció a Ramírez, quien tenía 14 años.

“Estaba ahí para ver a otros jugadores, pero mi mamá le dijo: “Vea a mi hijo, por favor”. Ramírez recuerda eso un día después del debut estelar de la Liga Cactus, durante el cual logró 3 innings sin anotación contra los Cascabeles de Arizona. Ramírez era short stop en ese entonces y su madre, María, estaba en todos sus juegos y entrenamientos. Santiago recuerda cuando ella le insistía en observar a un adolescente de menos altura que la mayoría de los jugadores.

“No lo vi jugar como short stop”, dijo Santiago desde el teléfono en Chicago. “Pero la primera vez que lo vi, había un hombre tratándole de enseñar como pitchear y lo tenía tirando curvas. “La primera cosa que dije fue: “Cualquier cosa que te haya dicho ese hombre, no lo escuches porque eres muy joven para tirar curvas- vas a destruir tu brazo” Santiago dijo. Y esa fue la última cosa que Santiago permitiría que pasara una vez que le dio una buena mirada al joven.

“Él tenía un gran brazo”, dijo. “Podías verlo en seguida. Pero tenía mala mecánica (técnica?). Si no tienes la mecánica, puedes tener todo el talento del mundo y no significa nada porque tu brazo se arruinaría.”

El brazo y la mecánica de Ramírez mejoraron lo suficiente. Ramírez empezó jugando beisbol a los 4 años cuando su abuela, Esperanza, le enseñara el juego. A la edad de 7, estaba jugando en una liga local. “Ella solía decirme: “No seas un cobarde, andá a jugar con los niños grandes. No les tengas miedo”. Y Ramírez no tenía miedo. Con Santiago enseñándole, él comenzó a practicar enrollar y pitchear sin dañarse el brazo. Cuando el equipo empezó a utilizarlo en los juegos, él atacaba a los bateadores de hit agresivamente.

Santiago dejó Nicaragua después del mes que tenía planeado. Pero se mantenían en contacto por teléfono, hablando sobre las mecánicas y sobre los ejercicios para su brazo que le había enseñado. “Cuando lo conocí, probablemente estaba tirando 70 mph. El año siguiente estaba alrededor de 86 mph”

Santiago había jugado en el beisbol clase A en su Puerto Rico nativo y tenía algunos contactos de su época de coach. Trató de hablar con los scouts de los Piratas de Pittsburgh a que eventualmente firmaran a Ramírez, en ese entonces de 15 años, cuando tuviera la edad. Ellos se rehusaron, diciendo que su tamaño era muy pequeño para ser un pitcher profesional. Uno de los scouts sugirió enviar a Ramírez a una academia deportiva en El Salvador, a donde sus gastos y su escuela serían pagados mientras jugara.

Santiago hizo unas llamadas y Ramírez fue aceptado en la academia Educando a un Salvadoreño poco después. Fue mientras pitcheaba ahí que lo vieron los scouts de los  Marineros y firmó por $57, 000 a la edad de 17 en el 2007. “Cuando un hombre en la escuela me dijo que los Marineros querían firmarme, les dije que lo haría por nada”, dijo Ramírez, “no me importaba cuánto me pagaran. Solo quería la oportunidad”.

El dinero fue como ganarse la lotería para Ramírez. Él no había nacido en la pobreza, pero su casa familiar en su pueblo era modesta para estándares americanos, con cuatro cuartos pequeños, incluyendo 2 en los que dormían su hermana Jannis y él.

Su padre, Erasmo salió herido en la guerra civil de Nicaragua en los años 1970. Ambos, él y la mamá de Ramírez eran contadores, pero aparte el papá trabajaba como guarda de seguridad y ella vendía cosméticos a solicitud para que entrara más dinero a la casa.

“Ellos hicieron todo lo que pudieron”, dijo Ramírez, quien registró 15-1 en dos años en la Liga de Pelota de Verano de Venezuela para los afiliados al club de Seattle. “Él trabajaba muy duro en todo lo que hacía”, dijo Santiago. Y ahora, con un tamaño que parece mejor al oficial de 5 pies 11 pulgadas y 205 libras, está sobresaliendo.

El pitcher de los Marineros Carl Willis dijo que la habilidad de Ramírez de tirar 4 diferentes pitcheos –una pelota rápida cuatro costuras, una rápida que se hunde, cambio y slider- todos para sacar outs, es lo que lo diferencia de otros aspirantes a un puesto.

“Cuando conocí por primera vez a Erasmo fue cuando estaba coordinando (en 2010), era su primer año en los Estados. Nunca lo olvidaré, su primera experiencia de bateo en la sesión de práctica, tiró cuatro tipos diferentes lanzamientos”, dice Willis. “Y le dije: “Escoje el mejor, con el que te sientas más cómodo y establécete con ese”.

Willis estaba entusiasmado por el ponche de Ramírez al veterano de Arizona Lyle Overbay. Y es que Ramírez ejecutó todo su repertorio con igual efectividad. Él tendrá 22 años hasta mayo, pero es líder de todos los marineros con 10 ganados en clase AA y AAA en la última temporada, además de 1.48 de carreras ganadas como promedio en 6 aperturas para Lara en la Liga de invierno de Venezuela. Ramírez puede ser el nicaragüense número 12 en Grandes Ligas.