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No es fácil recordar otro partido tan catastrófico para Kobe Bryant como el visto frente a los Jazz de Utah durante una derrota por 103-99. Seguramente el técnico Mike Brown sintió el impulso del emperador Julio César de gritar: ¡Tú también Kobe!, en medio de las mil quinientas dificultades por las que han atravesado los Lakers en esta temporada rescatada y recortada, después de fallar en el intento de capturar a Dwight Howard y Chris Paul, a cambio de perder a Lamar Odom y Pau Gasol, e invertir suficiente dinero.

El sueño de otro “Gran trío” como el de Miami (Lerbrón-Wade-Bosh) se esfumó y el poderío de los Lakers, pese a que recuperaron la jefatura de su división en la Conferencia del Oeste, saltando sobre los retadores Clippers, finalmente disminuidos, se ha visto seriamente agrietado. Tan es así que entre los seis líderes de la NBA los angelinos ocupan el quinto lugar, solo superiores a los Sixers de Filadelfia.

Precisamente en un buen momento, racha de cinco victorias, los Lakers vieron como Kobe se derrumbaba limitado a 15 puntos, con solo tres canastas (una de tres) en todo el partido, algo tan insólito como el súbito derretimiento de la Torre Eiffel en París. Los otros ocho puntos de Kobe fueron por la vía de los tiros libres.

Cierto, no vamos a ocultar el accionar preciso del Jazz apretando tuercas, pero ¿acaso Kobe no ha sido capaz de quebrar los más poderosos anillos de fuego a lo largo de su brillantísima trayectoria? Fue una mala noche, que cualquiera puede tener, pero cuando hablamos de Kobe las exigencias sobre su aproximación a la excelencia se multiplican.

Con Gasol incómodo por el “olor” a salida del equipo, extrañando a Odom, estremecidos por constantes bajones de voltaje, y hasta Kobe flaqueando, los Lakers se mueven hacia los Play Offs, esperanzados en que Andrew Bynum no decrezca y continúe siendo un factor estimulante para Bryant.

 

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