•   Managua, Nicaragua  |
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El paso del tiempo, las embestidas del viento y los recortes de memoria, que con todo terminan, no parecen ser suficientes para hacer desvanecerse la imagen de Carlos García, el más influyente dirigente deportivo que ha producido Nicaragua, a un lado de lo discutible de sus procedimientos. “Lo que perduran son las huellas”, escribió Balzac, y las que ha dejado Carlos, actualmente alejado de Feniba, moviéndose en silla de ruedas y aferrado a los recuerdos, son imperecederas.

“Este hombre es el béisbol de Nicaragua”, dijo Daniel durante un acto público vinculado con el deporte en el mes de octubre de 2008, refiriéndose al “combatiente” de más de medio siglo por el progreso de ese deporte en el terruño, como lo ha sido Carlos García.

¡Qué bueno fue percatarnos que Daniel estaba claro de eso! Obviamente, no era necesario ese reconocimiento para medir correctamente a quien en su época de esplendor y grandeza, movía montañas de dificultades con su empeño, talento, terquedad, astucia y la infaltable cuota de suerte.

Atravesando retos
Conozco desde hace 42 años al dirigente que organizó aquí tres Campeonatos Mundiales y una Copa Intercontinental, que fue asesor incidente en otra Copa en Italia y en el Mundial de 1974 en Estados Unidos, que derrotó a la FIBA en el más grande conflicto internacional, que fue gran impulsor del béisbol olímpico desde antes de los juegos de Munich, que sobrevivió a la división de nuestra pelota entre 1973 y 1977, que estuvo cuatro años y medio prisionero sin que le confiscaran la pasión por su vocación, que salió a recargar sus baterías con determinación regresando a posiciones dominantes como Director de Deportes y Presidente de Feniba, y que todavía, en el vecindario de los 80 años, se resistía a colgar los spikes, porque eso equivalía a colgar su corazón y perder la vida. Pero no, ha sobrevivido incluso a eso, contra pronóstico.

Fue por gestión de Carlos que se revitalizó el Estadio Nacional para el Mundial de 1972, convirtiéndose en uno de los mejores acondicionados del Caribe, que tenemos en pie estadios como los de Masaya y León, y que se terminaron los de Granada y Chinandega. Antes de su iniciativa, el Estadio de Masaya era de tablas crujientes y el Hipodrómo León, necesitaba tanto por hacer, que parecía improbable habilitarlo. Los estadios de Granada y Chinandega tenían que ser concluidos y acondicionados de acuerdo a las exigencias de la FIBA, y se logró. Más adelante, Carlos consiguió de los Dodgers ese pequeño parque de pelota llamado “Jackie Robinson” ubicado en el Instituto de Deportes.

Su “Mona Lisa”
Si buscamos su obra maestra, como el Cristo de Velásquez, esa fue en 1972, siendo factor clave para el Mundial inolvidable, incluyendo la restauración del Estadio Nacional construido en 1948. Recuerdo que veíamos con un asombro imposible de ocultar, los avances que se lograban día tras día; las sillas de diferentes colores instaladas en las graderías, excepto las populares; el acondicionamiento del terreno y la fabricación de los palcos de prensa; la zona especial con su escalera de caracol, la reparación del techo, las nuevas luces compradas en la Phillips de Holanda, la majestuosa pizarra eléctrica, el luminoso y rapidísimo mensajero igual al de los Mets en el Shea Stadium, los vestidores y las oficinas.

De pronto, Managua tenía el mejor estadio de béisbol del Caribe, aunque sin la inmensidad del Latinoamericano en La Habana. El inmortal Roberto Clemente, de pie frente al montículo, escuchando el rugir de las tribunas, atrapado por la magnificencia del espectáculo, expresó genuinamente emocionado antes del juego Puerto Rico-Nicaragua: “Uh, este es un estadio de Grandes Ligas”.

Los duros también lloran
Hombre duro, cultivado en academias militares, con cursos en el FBI, sobreviviente a bajas y prisiones, capaz de atravesar por las situaciones más adversas sin alterar esa confianza siempre exuberante en él mismo, Carlos no pudo sujetar las lágrimas aquella mañana que siguió al terremoto, viendo al Coloso de concreto de rodillas, sangrando por sus múltiples heridas, prácticamente inutilizado. Ese estadio tan reluciente unas horas antes, daba la impresión de haber envejecido 100 años en un abandono imperdonable, igual que Carlos en ese momento de intenso dramatismo. Fue como si Leonardo estuviera frente a su Gioconda grotescamente rayada por un insensato, o ver La Piedad que adorna la entrada en el Vaticano, con su nariz quebrada por el asalto de aquel loco con un martillo, precisamente el 21 de mayo de ese año, 1972.

Recuerdo a Carlos entrando a ese escenario sin maquillaje en 1970, junto con sus invitados Joe Dimaggio y Bob Feller, dos miembros del Salón de la Fama de Cooperstown, y acompañado del Comisionado Bowie Kuhn, para iniciar la etapa moderna del béisbol casero, con Cirilo Herrington como único bateador de 300 puntos y Sergio Lacayo
ganando 15 juegos.

Casi siempre puño en alto
Es el mismo Carlos que estaba a la orilla de Anastasio Somoza hijo, cuando el tirano hizo el primer lanzamiento de aquel Mundial, que sigue siendo calificado como el mejor de la historia, con Roberto Clemente en el cajón de bateo; el mismo que insólitamente, obvió la terrible repercusión del terremoto para organizar contra viento y marea el Mundial de 1973; el que colaboró para que Denis Martínez y Antonio Chévez comenzaran a abrirse paso en el béisbol organizado; el que sin un billete en caja de Feniba decidió y logró llevar a la Selección Nacional a China; el que cuando fue sacado de la FIBA “inventó” la Femba, ganó la guerra y se convirtió en Viceejecutivo de la Ainba; el que salió de la cárcel casi directamente para estar presente en la Copa de Edmonton en 1985 mostrando su puño en alto.

Un hombre hábil, capaz de ser amigo de Anastasio Somoza, hombre de confianza de Adonis Porras, bendecido por el Cardenal Obando, relacionado deportivamente con Humberto Ortega y Antonio Lacayo, dueño de una larga amistad con Arnoldo Alemán y buena conexión con Enrique Bolaños, llegó a recibir una palmada en la espalda de Daniel.

Próximo a su retiro, lo vi sentirse abrumado por una tristeza inmemorial. El dirigente que movía montañas, nos dejó abierto un libro de muchos tomos. Carlos fue un hombre viviendo cada día como si fuese el último de su existencia, desesperado por sacarle el máximo provecho al tiempo, optimista incurable.

¿A cuántos Minotauros “mató” para salir de tantos laberintos a lo largo de su vida? Nadie lo sabe, pero superó una montaña de retos para imponerse y hacer historia. Un fabricante de asombros.

 

El militar
Carlos, es el mayor de seis hermanos hijos de un oficial del ejército de Somoza... “Me incliné hacia lo militar por vocación. En mi casa, siempre estaban uniformes secándose al sol, aunque mi padre, Carlos Manuel, nunca trató de  incidir en ese sentido. Mi hermano Alejandro y yo, seguimos sus huellas y fue para mí una decisión acertada, una gran escuela, y sobre todo una experiencia útil y saludable”.

A los 16 años, en 1948, Carlos García entró a la Academia Militar y en febrero de 1952, cuatro años después, se graduó con notas destacadas obteniendo el rango de Teniente Primero... Carlos desfiló con la Academia en los actos inaugurales del Mundial de 1948, lejos aún de sospechar que su verdadera proyección y su mayor incidencia, serían en el béisbol como dirigente.

De inmediato quedó frente a una difícil decisión: tomar una beca para estudiar Ingeniería en Inglaterra, después de su eficiente trabajo en Geeodesia, o la posibilidad ofrecida por el director de la Escuela de Policía, Jorge Cárdenas, para especializarse en asuntos policiales en Perú.  Se trataba de Investigación y Policía Criminal. Carlos se decidió por lo último, seguramente porque estaba en línea directa con su vocación.

Enviado posteriormente a Perú para realizar estudios avanzados, se casó con Aida del Solar y más adelante, en los 80, con su actual esposa Ninoska Leetz. Regresó a Nicaragua en 1954 y cuando vino Richard Nixon, fue designado como su edecán.
Como consecuencia de ese trabajo, y utilizando “su olfato”, obtuvo  de carambola  una beca federal. Las dos becas ofrecidas por Nixon, tenían dueños: Gastón Cajina y Ruperto Hooker, pero el primero se vio envuelto en dificultades con Anastasio Somoza  hijo, fue trasladado a León y quedó abierto un espacio aprovechado por Carlos.

Ingresar a un curso de Policía en Texas, le permitió  “agudizar” más sus sentidos, mejorar su inglés y saltar después a un curso del FBI en Quantico, Virginia, en 1955... Fue en Washignton donde estudió Servicio Secreto, y ese avance, según él, cambió su vida.

 

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