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Un hombre viviendo cada día como si fuese el último de su existencia, desesperado por sacarle el máximo provecho al tiempo, optimista incurable, ese fue por siempre como dirigente de béisbol, el Carlos García que comencé a conocer en 1970, justamente cuando daba mis primeros pasos en la crónica deportiva, y trabajé a su orilla varios años, edificando una amistad que ha sobrevivido entre ciertas contradicciones, por asuntos de estilo y procedimientos.

Hoy, con toda la justicia del caso, Carlos García recibirá de la Asamblea Nacional, una medalla de oro como reconocimiento a su gigantesco e inagotable trabajo, que incluyó la organización de tres Campeonatos Mundiales, una Súper Copa Intercontinental, la presencia de nuestras selecciones de béisbol en múltiples torneos internacionales, el impresionante “maquillaje” a que fue sometido el Estadio Nacional en 1972 haciéndolo lucir como el mejor del Caribe, su batalla por la inclusión de ese deporte en los Juegos Olímpicos, la habilitación de los parques de Granada, Masaya, Chinandega y León, y el haber sido factor decisivo para el crecimiento de la pelota pinolera, sirviendo de apoyo para los dos primeros nicas en las mayores Denis Martínez y Antonio Chévez.

Ese es un currículum impresionante, posiblemente irrepetible en un país de tantas limitaciones como el nuestro. Y obviamente, demuestra que este Carlos, a quien hoy veremos recibir esa medalla en una silla de ruedas, ha sido, al revés y al derecho, de la cabeza a los pies, en blanco y negro y en colores, de día y de noche, el más grande dirigente deportivo que por aquí hemos visto. Desgraciadamente, lamentablemente, dramáticamente, todos terminamos atrapados por el desgaste y las circunstancias, sobre todo cuando los factores adversos se amontonan y se nos vienen encima.

Pero los hechos son testarudos, y cuando dejan huellas imperecederas, permanecen por encima del monte del olvido. Carlos siempre derrotó al escepticismo, y cuando su entusiasmo y fe en el futuro no fueron marchitados durante cuatro años y medio en prisión en los años 80, tuvo aliento, paciencia y voluntad de hierro para regresar y tomar las riendas del deporte casero, que le heredó el inesperadamente desaparecido e inolvidable Sucre Frech.

Carlos fue un ejemplo de lo que dice Savater: se puede elegir cómo y cuándo actuar, pero es forzoso actuar; ahí no hay elección posible.

Un “maquinador” a tiempo completo buscando todas las variantes posibles para resolver los problemas que a veces se le amontonaban, como si fuera un gran maestro de ajedrez, Carlos supo manejar la división interna de nuestro béisbol, y también la internacional, en un alarde de destreza.

Se asegura que Heráclito lloró amargamente cuando comprobó que todo cambia, que nada es permanente, que incluso no somos los mismos mientras caminamos, que después de cerrar los ojos, cuando los abrimos, el mundo es otro. Lo importante, lo decisivo, es despertar, y hoy, Carlos estará bien despierto al recibir el reconocimiento de la Asamblea.

dplay@ibw.com.ni