Edgard Tijerino
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Un hombre oculto detrás de su cámara, eso fue en todo instante Cruz Flores. Como quien no quería ser descubierto. Lo importante era su cámara siguiendo movimientos, capturando imágenes, y su habilidad, garantizando la entrega del mejor trabajo. Un artista despreocupado del futuro, sin apego al pasado, sólo interesado en el presente.

Su humildad era hasta cierto punto conmovedora. Trabajé con él muchos años, cultivamos una amistad muy fuerte, viajamos a torneos de béisbol y peleas, y siempre el mismo hombre puro con su cámara.

En una época en que la escala de valores era sometida a movimientos telúricos fragmentándose drástica y dramáticamente, Cruz Flores vivía aferrado a su cámara, a su naturaleza, a su intuición, y sobre todo, a su esencia como ser humano.

Nunca se le vio un trance de encumbramiento. Ni siquiera cuando nos asombró con aquella secuencia de fotos del casi doble play que intentaron los estadounidenses Bob Pollock y Roy McMillan contra Cuba en el Mundial de 1972, y que todas las agencias internacionales querían tener: tampoco cuando mostró aquella foto en que la cabeza del salvadoreño Chico Aparicio, golpeado por Alexis Argüello, parecía estar desprendiéndose de su cuello con un abanico de sudor que pringaba a los lectores; o con el derrumbe de Leonel Hernández en Caracas, con un gesto de espanto en su rostro, intentando levantarse de la lona.

¡Ahí tenés papito!, era su frase cada vez que salía del laboratorio allá en La Prensa con las fotos procesadas, y escapaba rápidamente como si lo estuvieran persiguiendo por cometer una travesura, como si no quisiera asombrarse de su propio trabajo.

Nunca le interesó la política. Pero cuando cubría la Asamblea Nacional era un preciso cazador de gestos. Con el dedo en el gatillo de la cámara funcionaba como Doc Holliday en el viejo oeste. Tenía ese olfato que sólo es proporcionado por el sexto sentido y que permite sacarle el máximo provecho a ese tercer ojo.

Cuando se gritaba a sí mismo ¡Lo tengo!, sonreía internamente, bajando la cabeza, como si temiera ser visto en su propia celebración, y se marchaba con paso rápido a su moto de múltiples ruidos, o hacia su “avispón verde”, un carro único, con perforaciones en el piso que hacía bajarte como pescado empanizado.

Nunca se preocupó por el dinero. Se acomodaba a lo que ganaba, sin quejarse, sin pretensiones, con una sencillez que ya no se ve. Pero cuando estaba trabajando se le encendían todos los bombillos y se iluminaba. Los chismes lo ahuyentaban, nadie puede decir que lo escuchó hablando mal de otro, daba la espalda para mantener cerradas las puertas a cualquier intento de agresión de los malos pensamientos.

Hombre puro con cámara, con malicia en la concepción fotográfica y finura en la ejecución, eso fue en todo instante Cruz Flores, quien vivió en paz.

dplay@ibw.com.ni