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Cuando juega Rafael Nadal, el barro se ve abrillantado. Desde ayer, nadie como él en esa superficie que exige un mayor desgaste de piernas, brazo y cabeza. Derrotando 3-1 al serbio (6-4, 6-3, 2-6 y 7-5), en duelo que se extendió dos días al ser suspendido por la lluvia el domingo, Nadal conquistó su decimoprimer Grand Slam, y séptimo sobre el barro, superando los seis que acumuló en su época de inagotable resplandor el sueco Bjorn Borg.

Finalmente, la suspensión del domingo favoreció a Nadal, porque le permitió calmarse, recargar baterías, estudiar un replanteo, y quitarse la preocupación por la humedad que afectaba sus intentos de pelotas altas. Solo consideren, que el día anterior, después de ganar los dos primeros sets, y tomar ventaja 2-0 en el tercero, Nadal desapareció de la cancha como producto de un gran truco, perdiendo ocho juegos seguidos, algo alarmante, síntoma inequívoco de derrumbe. En el momento de ser detenido el partido, Nadal había enviado una ligera señal de recuperación, estrechando el set 1-2, sin llegar a gritar ¡aquí estoy!

Al reanudarse la batalla, con el sol bostezando solo por un instante, porque la lluvia amenazó volver a abrirse paso, Nadal fue capaz de combinar serenidad con madurez y destreza, dibujando su geometría habitual, y Djokovic, el mejor del mundo, se vio forzado a ceder con el marcador nivelándose 2-2, una seria advertencia. Con Nadal en ventaja 5-4, Djokovic mostró su grandeza frente a la adversidad, pisando el acelerador intensificando su agresividad, logrando un equilibrio 5-5, que empujó el futuro del set hacia las tinieblas.

Fue en este punto neurálgico del duelo, que Nadal creció lo suficiente para imponerse con su servicio y aplicar un quiebre mortal sellando la victoria histórica. Ahora, es el nuevo Rey del Barro, impidiendo el cuarto Slam consecutivo de Djokovic.

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