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Difícilmente puedes esquivar el relampagueante golpe directo al corazón provocado por un infarto, cuando tienes 60 años, y pese a los tres títulos olímpicos de boxeo en el peso superior y los tres mundiales conquistados cuando la juventud era un divino tesoro, el implacable paso del tiempo y el desgaste ocasionados por 321 combates de tres asaltos, han carcomido tu consistencia que fue una vez de roble.

Ayer, ese inmortal del deporte que es el cubano Teófilo Stevenson, dejó de estar con nosotros en este planeta tan convulsionado. Su muerte nos sacude. Se agigantó consiguiendo coronarse en Munich 72, Montreal 76 y Moscú 80, y su resistencia rechazando moverse hacia el profesionalismo, impresionó.

Fue Stevenson, fidelista hasta la médula, quien dijo: “Prefiero el cariño de ocho millones de cubanos, que una montaña de billetes”. Igual que todos los atletas cubanos que trascendieron más allá de todas las pretensiones imaginadas, impulsados por un excedente de agallas y el adecuado cultivo de sus habilidades desde las Escuelas de Iniciación Deportiva, Fidel le mostró siempre admiración.

Lo vi pelear en varios eventos. Siempre erguido, con su izquierda adelante y su derecha amartillada. No necesitaba gran agilidad en sus piernas para colocarse en la distancia adecuada. Sus puños se proyectaban con rapidez en combinaciones precisas. Sus ojos bien abiertos, fijando el objetivo, mostrando seguridad. A ratos parecía una estatua de bronce en movimiento. Sus golpes, enviaban mensajes macabros. Fue por largo rato, un verdadero show de poder. Sabía controlar su furia. Daba la impresión de ser sencillo, y fabricaba simpatías con facilidad. Fue respetado incluso cuando se metió en una seria dificultad en la Isla. Un hombre silencioso.

Se especuló sobre la posibilidad de un enfrentamiento con Muhammad Alí. Sobre eso, publicaré mañana una nota que escribí en aquel momento. Alcides Sagarra, un verdadero talento manejando la escuadra boxística cubana en diferentes retos, lo calificó como el mejor peleador aficionado de todos los tiempos. No hay forma de contradecirlo.