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La perennización de Roger Federer entre la elite del tenis, todavía pica y se extiende hasta la final del Wimbledon 2012, después de eliminar con una mezcla de fineza, certeza y fortaleza, al temible serbio Novak Djokovic, casi invencible en los dos últimos años. La victoria del suizo en cuatro sets 6-3, 3-6, 6-4 y 6-3, durante el duelo de semifinales, lo proyecta a una batalla decisiva con el británico Andy Murray, ansioso por ganar su primer Gran Slam, y victimario del francés Jo-Wilfried Tsonga, también en cuatro sets.

Esa terquedad de Federer por seguirse fajando con la nueva generación de “pistoleros” encabezada por los ya curtidos Rafael Nadal y Novak Djokovic, ha conseguido los soportes requeridos, como lo demostró ayer en “La catedral”, utilizando un poderoso e incómodo servicio, un corte de revés terriblemente dañino, la firmeza necesaria para trenzarse en cambios de metralla electrizantes como los vistos en el tercer set, y su recuperada seguridad graficada en solo nueve errores no forzados.

El Federer de hoy es un jugador más del fondo, pese a la exigencia de piernas y pulmones que eso implica, y tiene que aplicar suficiente astucia, para evitar que lo lleven a la red, recurriendo a respuestas altas, como lo hace Nadal, y usando sus disparos curvos de rápido desarrollo para trazar diagonales. Fue así como doblegó a un Djokovic que pareció perder carga en sus baterías en el último set.

Ese quiebre de servicio para rematar el tercer set 6-4 y tomar ventaja 2-1, inclinó la balanza. Federer aprovechó el momento de mayor crecimiento y se adelantó 4-1, después de un quiebre temprano, para colocar a Djokovic a la orilla del abismo. Lo empujó al descarte, con ese 6-3 sin margen para la menor discusión.

Alcanza Federer su novena final de Wimbledon en busca de su séptimo título, algo que solo Pete Sampras entre 1993 y el 2000, y William Renshaw en los 800, han conseguido.