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Andy Murray es tan sobrio en sus actitudes como en su juego. A ratos, incluso en momentos de presión asfixiante, da la impresión de ser inexpresivo. Y cuando todo acaba, se va como llegó: como una sombra. De repente, una tímida sonrisa, como pincelazo disperso de Goya. Nunca ha ganado un “Grande”, un Slam, y en dos de las tres ocasiones que estuvo cerca (Estados Unidos 2008 y Australia 2010), fue derrotado por Roger Federer en tres sets, sin chance para sobrevivir. Eso sí, en los enfrentamientos entre ellos, Murray está en ventaja sobre el suizo 8-7. A sus 25 años, necesita urgentemente un trozo de gloria. Es seguro que antes de entrar al All England Club hoy, va a detenerse frente a la estatua de Fred Perry, el último británico en ganar Wimbledon, ¡uhhh!, en 1936, tiempo

de Hitler.

Roger Federer está por aterrizar en la pista de los 31 años. Es el Alejandro del tenis. Lo ha conquistado casi todo, pero igual que el hijo de Filipo de Macedonia, quiere un trozo más de gloria. Hoy, busca su Slam número 17, cifra sin precedentes, y regresar a la cima como número uno, saltando sobre Nadal y Djokovic. Como Murray, hay cierta timidez en Federer que se transforma no en furia, pero sí en el manejo frío, pensante y vigoroso de una geometría implacablemente destructiva en la cancha. Naturalmente, no es el mismo de su época de esplendor, pero lo que le queda, todavía le permite incursionar en la elite cobijado por el respeto, respaldado por la eficacia. Después de eliminar a Djokovic en cuatro sets con un tenis bien medido, y por momentos fulgurante, Federer parece un personaje sacado de los relatos de Jack London, persiguiendo mayor grandeza: superar la marca de 286 semanas como líder del ranking, que mantiene Pete Sampras.

Ese es el duelo de hoy en Wimbledon. Dos muchachos buenos por un trozo de gloria. Para Murrray, su primero, para Federer uno más agigantando su imagen imperecedera. Ambos igualmente hambrientos, el que todavía tiene tiempo a su favor, pero preocupado porque lo ha visto pasar sin atrapar algo grandioso, y el que siente que el tiempo lo aprieta y sabe que esta oportunidad, podría no volver a presentarse.

¿Quién frustrará a quién? Esa es la apasionante intriga. Murray en casa, tendrá a la multitud de su lado, Federer, admirado por el mundo, está acostumbrado a luchar contra todos los factores.

 

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