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Estoy aturdido. Roger Federer es inconmensurable. Lo es en el mundo del balazo con la raqueta. Nadie como él, sobre todo después de haber liquidado a un superado, esforzado y casi heroico Andy Murray, 4-6, 7-5, 6-3 y 6-4, ganando Wimbledon, arañando el corazón todos los británicos.

No fue el mejor Federer, porque la cantidad de errores no forzados (25 al momento de la suspensión por lluvia en el inicio del tercer set con la pizarra 1-1), su pobre efectividad con el primer servicio, y la ausencia del factor sorpresa en sus disparos por falta de atrevimiento para tomar riesgos, lo hicieron lucir inestable. Pero aun así, sin aproximarse a la perfección como fue visto desarticulando a Djokovic, supo enderezarse apelando a su experiencia, enfrió a Murray, y lo destrozó quebrándole el servicio en el intento de empate 3-3 que hizo el escocés en el tercer set, borrando espectacularmente un 0-40 adverso y saltando encima de 10 igualadas con un par de cuchilladas de revés y un cruce mortal. En lugar del 3-3, Roger tomó ventaja 4-2, y Murray, sin tirar la toalla, valiente y temerario, fue sometido 6-3, quedando a la orilla del abismo.

Agregando a su leyenda otras proezas, como ganar su séptimo torneo de Wimbledon, conquistar su decimoséptimo Gran Slam, y regresar a la cima del tenis mundial abrazándose con Pete Sampras en la insólita presencia de 286 semanas, uno se pregunta intrigado: ¿Cómo medir la grandeza de Roger?, y de inmediato, establece relación con otro misterio de mayor exigencia: ¿Qué más nos piensa ofrecer por doblar los 31 años?

El mejor Murray no pudo resolver a un Federer que prefirió en inicio la cautela, convirtiéndose en previsible. Por eso es que Murray pareció tener oculto un radar y se anticipaba a los cruces que ensayaba el suizo, trazando diagonales que necesitaban mayor aceleración. Cuando se cerró el techo de la Catedral, descartado el viento como incomodidad, con el ruido de la lluvia que rebotaba como música, Federer supo asentarse, y sin disimulo pasó a manejar las riendas, cuidándose de no perder servicios. En el cuarto set, Federer logró un quiebre que resultó decisivo adelantándose 3-2, y Murray no salió del hoyo, cediendo pese a su tenacidad, 4-6.

Fue así que se desvaneció la posibilidad de volver a ver a un británico ganar Wimbledon, 76 años después de Fred Perry. Por cuarta vez en una final, y tercera frente a Federer, Murray fallaba. Las lágrimas de ambos mostraban sus corazones. El millón y pico de euros también en disputa no los preocupó mientras batallaban.

Queda flotando la pregunta: ¿Qué más Roger?