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Tenía ese andar que caracteriza a los pistoleros dibujados por Silver Kane en sus novelas. Uno de sus brazos, curvo consecuencia de un accidente, lo hacía ver como alguien listo para desenfundar.

Ahí estaba con su mirada fiera, sus pisadas fuertes, y sobre todo, con sus rugidos. Porque Oscar Larios, un manager permanente agresivo, quien falleció ayer, siempre estaba rugiendo, incluso cuando trataba de bromear. Pregunten a cualquiera de quienes lo conocimos.

Hombre franco, leal, capaz de meterse entre las llamas defendiendo sus convicciones, honesto, sencillo, se olvidó que había estudiado leyes en la universidad de su ciudad natal León, para zambullirse en lo que fue la pasión de su vida: el béisbol. Aun limitado a una silla de ruedas batallando por sobrevivir, Oscar Larios era capaz de levantarse al calor de una discusión sobre beisbol, crispar sus puños y golpear la mesa.

Los árbitros lo veían venir amenazante. Discutía los fallos como si fueran asunto de vida o muerte. Se sintió en el paraíso cada vez que fue convocado al Cuerpo Técnico de la Selección Nacional, y su mayor disfrute, aparte de sus coronas con el San Felipe y con los Leones, fue haber dirigido aquel equipo que estuvo a punto de ganar el Torneo de La Amistad en 1971, siendo seleccionado para el All Star. Fue cuando Sergio Lacayo lanzó el no hitter contra una de las más fuertes baterías colombianas.

Su momento más amargo: quizás aquella tarde en que dejó olvidados los carnets, y León perdió por forfeit ante el Granada, quería que se lo tragara la tierra. Ese día murió por largo rato, y volvió a nacer abriéndose paso entre la pesadumbre.

Lo conocí en 1970, cuando me iniciaba como cronista, y entre discusiones, construimos una larga amistad. Su rivalidad con Heberto Portobanco y con Noel Areas, agitó varias veces nuestra pelota, y participando en diferentes programas deportivos, fue un crítico implacable, interesado siempre en la mejoría del juego y el cumplimiento de lo establecido.

Los hombres duros no saben bailar, decía el controversial y famoso escritor, Norman Mailer. Seguramente, Oscar Larios nunca bailó, ni cuando se le ganó a Cuba con Juárez en la colina y él era parte del Cuerpo Técnico jefeado por Castaño.

 

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