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Tenía rato, pero largo rato, de no sentirme tan frustrado viendo desvanecerse rotundamente las expectativas construidas alrededor del comportamiento de un boxeador, como el sábado por la noche, mientras Julio César Chávez Jr. era borrado del cuadrilátero round tras round, por el boxeo veloz, flexible, desconcertante y terriblemente dañino que realizaba frenéticamente ese excelente púgil argentino que es Sergio “Maravilla” Martínez.

¡Qué no hizo Martínez en un alarde de superioridad pocas veces visto, entre un supuesto fajador inyectado de fiereza y un estilista del más elevado rango, agrandándose en forma impresionante ofreciendo un recital! Vi cómo Chávez Jr., se iba empequeñeciendo desarmado por completo. A la altura del sexto asalto, media pelea, el hijo de tigre seguía oculto. Su mirada perdida, como buscando un destino en el desierto; la falta de plan, agrietando la reputación de su técnico Freddie Roach; lo errático de sus intentos para golpear y su “cero” en defensa, dejó lo intrigante que se esperaba del combate, completamente deshilachado.

Era Martínez quien mandaba entre las cuerdas, el que decidía las revoluciones por minuto que aplicar a sus constantes y relampagueantes arremetidas, o salía exhibiendo una destreza de piernas comparable con la de Fred Astaire, y peleando en reversa, deslumbraba con sus apariciones y desapariciones casi fantasmales. El Junior estaba ahí, desnudado en su falta de ideas, y sobre todo, en lo más sorprendente, su falta de determinación para ir al frente retando todos los riesgos.

En ese momento, en mi libreta de apuntes, casi llena con solo el accionar de Martínez, escribí esta pregunta: ¿Cuál Chávez estoy viendo?, y pensé: “el padre, siempre fiero y hambriento, capaz de ir a pecho abierto contra rifles y bayonetas, debe sentirse atravesando por una tortura interminable”. Esperaba que el viejo Chávez subiera al ring, y asestándole una cachetada, le gritara ¡Hey muchacho, despierta y pelea. Estas en un ring, no en una oficina!

Y al terminar el asalto 11, sin que el joven azteca hubiera podido ganar alguno, –yo tenía empate con mucho sabor a sopa de tortilla el tercero-, lamenté no haber visto la menor señal del ADN del padre. Frente a una diferencia tan abismal, no sospeché que eso haría su aparición en el último instante del drama, con solo dos minutos pendientes.

Martínez danzando y disparando, mantenía la distancia como un factor de seguridad, cuando fue alcanzado con una derecha larga del Junior. ¡Ah, qué frágil es en ciertos momentos la cabeza! Otra derecha mejor trazada y una izquierda, también llegaron, y yendo hacia atrás, Martínez fue clavado por una izquierda corta, recibiendo de inmediato una rápida y potente descarga. El argentino quiso amarrar pero no pudo. Se derrumbó y gateó hacia las cuerdas para incorporarse, lográndolo con dificultad. Quedaba pendiente 1:13 minutos. Un mundo cuando te sentís en las nubes como el argentino. Pero decidió fajarse, no escapar, cambiando golpes en el centro del ring, ahora con superioridad de Chávez. Un agarre por el cuello del mexicano lo empujó hacia al piso, y eso le proporcionó cierto respiro con 47 segundos por delante. Chávez fue encima, pero sus disparos no tenían la suficiente carga de dinamita que utilizaba su padre para simplificar, y Martínez, respondiendo a como fuera, solo interesado en sobrevivir, se tragó un par de golpes de espaldas a las cuerdas y soltó sus manos por última vez, como escudándose, gritando ¡aquí estoy! consumiendo los últimos segundos.

No había nada que discutir. Aun muriendo después de sonar la campana, Martínez era el vencedor.

 

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