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He sido un crítico constante de esa extensa generosidad mostrada para meter gente en el Salón de la Fama del Deporte Nicaragüense, y el hecho de que haya ingresado ayer por el criterio de quienes manejan las consideraciones, no me hace decir: ¡Claro, ahora sí lo están haciendo bien! Aunque en el caso de los atletas seleccionados, no hay espacio para el menor cuestionamiento.

No es por humildad, pero siempre que recibo un reconocimiento, me siento raro. Y es que en la exigencia de la valoración por lo que hago, no me veo con la estatura suficiente. Ciudadano Honorable de Managua en un acto solemne en el Teatro; Orden Rubén Darío en la llamada Casa de los Pueblos; Cronista del Siglo; y dentro de unos días, después de la entrada al Salón pinolero, un homenaje de parte de la Comunidad Nicaragüense en Los Ángeles. ¿No será que están pensando que voy a morirme?

Siempre es satisfactorio un reconocimiento, aunque pueda ser discutible. Hay una diferencia entre ser famoso y ser conocido, porque la fama se construye con huellas imperecederas, como lo han hecho Ariel “Panal” Delgado, Marvin Benard, Noel Areas, Denis Gaitán, Hugo “Bazooka” Huete, Aída Carrión y Alberto “Paraíso” Mendoza, pero en mi caso, solo he sido el relator y redactor de las brillantes ejecutorias de todos ellos, una tarea muy diferente, de menor tamaño y trascendencia.

No hay duda, la suerte me ha estado persiguiendo tenazmente haciéndome “guiños de ojo” constantemente y aún me sorprende. ¡Cómo se necesita el apoyo de la suerte en nuestro paso por esta vida! Y lo aseguro, porque he visto a tantos competentes sin la presencia de la suerte, no poder mostrarse de cuerpo entero, porque las oportunidades se han ocultado como el Fantasma de la Ópera.

Siempre he dicho que soy un producto de la casualidad, y he aprovechado eso para inyectarle el mayor esfuerzo posible. ¿Qué va a pasar con vos muchacho?, me dijo mi padre desilusionado cada vez que perdía un año mientras atravesaba la secundaria, lo que ocurrió tres veces. Y más furioso cuando dejé el trabajo en una oficina de ingeniería y también mis estudios, para aterrizar en el periodismo deportivo. “Así que te decidiste por la vagancia”, me dijo.

Pero confié en la complicidad de esa suerte, que ha estado acompañándome con mayor lealtad, desde que me hizo conocer a Auxiliadora, un talismán de carne y hueso.

 

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