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El rey de las bicicletas ya no pedaleará más en el Bernabéu. Tras manifestar su deseo de jugar en el Chelsea y amenazar al Real Madrid de estar un año sin vestirse de corto, el jugador ha acabado en el Manchester City, club que le abonará 6 millones por temporada. Regateando a todos y alardeando de un victimismo impropio, se ha salido con la suya.

“Mama mía, Robinho”’, gritaba eufórico Carlos Martínez, retransmisor de Canal Plus, cuando en su debut en Cádiz el joven brasileño se deshacía de los rivales con sombreritos, bicicletas y demás gadgets de buen carioca. Fue el inicio soñado de un futbolista de 21 años que vino al Real Madrid de la mano de Florentino Pérez para convertirse en ‘el nuevo Pelé’ y ‘el anti-Ronaldinho’, todo en uno. Pero los elogios lo encumbraron demasiado pronto. ‘Y Dios creó a Robinho’ fue el primero de los muchos titulares que distorsionaron su realidad. Luego vinieron tres temporadas en las que Robson De Souza demostró ser un jugador tan genial en el terreno de juego como voluble fuera de él, principalmente porque su representante, Vagner Ribeiro, ha influido mucho en sus decisiones profesionales.

En este trienio de claroscuros, con dos Ligas en el bolsillo, eso sí, Robinho no ha encontrado la estabilidad necesaria para entrar en la lista de los mejores del mundo, aunque su fútbol haya levantado en más de una ocasión a la afición madridista de sus asientos. Emocionalmente inestable, jamás se ha mordido la lengua a la hora de reclamar mayor protagonismo o reivindicar la titularidad.

Fue así como se lo hizo llegar a la cúpula madridista, aunque fuera a través del mismo chantaje emocional y económico que ya utilizó para forzar su salida del Santos en 2005. En esa ocasión, el deseo de vestir la camiseta del ‘’mejor club del mundo’’ –como él mismo dijo- fue determinante. Esta vez se marcha porque se ha dado cuenta que en el mejor club no podrá ser el ‘’mejor jugador del planeta’’. El Manchester City, noveno clasificado en la pasada Premier League, pondrá a prueba su determinación. A cambio, eso sí, de un sueldo mareante.

Que nadie es profeta en su tierra se hace tremendamente revelador en países como Brasil, capaces de engendrar a astros del balón para luego devorarlos al más mínimo error de conducta, sea dentro de una cancha o no. Fue el caso de Ronaldo y Ronaldinho, aunque pronto también puede ser el de Robinho. Para empezar, en su país natal no se ha entendido nada la decisión que ha tomado y eminencias como Pelé ya han lanzado sus opiniones al ruedo mediático: “está mal aconsejado”.

Por si fuera poco, calificativos como divo o mascarado (algo así como ‘galáctico’) también han circulado reiteradamente en los últimos días, sobre todo tras su llegada a la concentración de la canarinha del pasado sábado. Al jugador no se le ocurrió nada mejor que llegar al estadio en helicóptero y en su primera rueda de prensa tras fichar por el Manchester City tuvo un grave lapsus al mostrar su felicidad por ‘’haber aceptado la oferta del Chelsea’’. Los periodistas, atónitos, le instaron a rectificar rápidamente. Interpretaciones malintencionadas al margen, lo cierto es que a Robinho, tanto en Brasil como en el resto del mundo, siempre se le ha esperado. No importaba la competencia ni la presión. Siempre se ha creído en su fútbol. Pero su pirueta se antoja arriesgada, y son pocos los que creen que en el Manchster City pueda cumplir su sueño de convertirse en el mejor jugador del mundo. Por si fuera poco, las afirmaciones en las que dejó entrever la posibilidad de quedarse en el Madrid un año sin jugar con tal de cumplir su deseo de fichar por el Chelsea al siguiente no ayudan a entender su decisión final. El Manchester City le triplicó su sueldo anual (pasó de 2,1 millones al año a 6) y puede que este sea, a fin de cuentas, el leit motiv de todo el culebrón. Blatter, presidente de la FIFA, respira tranquilo: otro ‘’esclavo’’.