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Esta madrugada, Nicaragua se levanta para celebrar la hazaña o para llorar una derrota. En el boxeo nunca se sabe, menos cuando hay dos feroces gladiadores peleando la guerra.

El vaticinio con menos porcentaje de error es que Román “El Chocolatito” González derrote a Yutaka Niida y haga brillar la madrugada, toque el cielo con sus puños y ponga a saltar a todo un pueblo con su victoria. Lo demás es un porcentaje de error más bajo, incluso raspando la fantasía.

Sabíamos muchas cosas de esta pelea. La imaginamos, la vivimos, la sentimos y hasta cerrábamos los ojos para ver al “Chocolatito” tomando la iniciativa, atacando desde el primer asalto, soltando todo su poder desde muy temprano, acosando, acorralando, queriendo acabar temprano el sueño. Lo contrario a eso puede sonar a ficción; sus dos ganchos desmantelando la defensa del japonés, abriendo su cuerpo y cerrándole todas las salidas.

El campeón moriría con las botas puestas, dispuesto a entregar su última gota de sangre, queriendo morir con honor, dejando en alto su pecho y confiando en el milagro; asentando su buen estilo, golpeando sin pausas, no permitiendo que el golpe más dañino de Niida cause algún efecto, apagando el entusiasmo de los aficionados desde muy temprano; resistiendo con respeto y prudencia la categoría del campeón, pero igual de implacable. Menospreciarlo no era una palabra en el diccionario del pinolero.

Niida tomando la iniciativa, como para defender su posición de monarca, no parecía estar a su alcance. Román en plan de especular o trazar una estrategia a lo largo de la pelea, parecía una idea absurda sacada de una película con efectos especiales.

Como atrevidos visionarios hemos visto al “Chocolatito” alzando sus brazos con un cinturón de la AMB en sus manos. Como “ateos” deportivos contemplamos con tristeza a Niida defendiéndolo con uñas y corazón… Algo de fábula puede haber en esto último, pero en boxeo nunca se sabe.

Pudo haber sido el fin de la leyenda japonesa y el surgimiento de un nuevo Sol en esa mágica figura de Román, quien a sus 20 años puede sentir que vale la pena soñar, cuando hay sacrificio y deseos de pelear por lo que se quiere. ¿O todavía no?
Si sucede lo contrario, será una madrugada triste y usted no debió creer todo lo que anteriormente mi exagerado sentimiento ha dicho y a la larga me la he pasado como un novel.

Sin embargo, déjenme creer hasta el último momento, aunque me estrelle con una realidad que no imagino para esta nueva madrugada. ¿Qué celebraremos o qué lloraremos?