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Siempre que me preguntan: ¿Cuál ha sido para mí, la mejor pelea de Alexis Argüello?, respondo tan rápidamente como él fabricaba esas combinaciones de golpes: la primera con Aaron Pryor, brutal en cada instante y de desenlace espeluznante.

Treinta años después de aquel 12 de noviembre en el Orange Bowl en Miami, todavía hay quienes se sorprenden con mi respuesta. Ellos han esperado que yo dijera "la de Leonel”, o “la de Elizondo” --que fue la número uno en el ranking personal del Flaco--, o las de Escalera, Olivares y Salvador Torres.

Cuando escuchan la respuesta, me contragolpean de inmediato: ¿Cómo es eso, si la perdió? Y les digo, que eso no le quita un gramo de grandiosidad a su actuación, agregando: por eso se encuentra en el ranking de las 10 peleas más violentas y estrujantes en la historia del boxeo, por el ritmo que los dos impusieron y el daño que se provocaron.

Nunca antes habíamos visto al Flaco ser tan resistente y tan insistente; su mirada pareció ser más fiera, y la forma en que desarrollaba sus descargas provocaba escalofríos. Peleó en el centro del ring, estableciendo la distancia para sus temidos golpes rectos, cambió golpes sin importarle en lo mínimo su integridad física, su corazón latía como un tambor, igual que el de Pryor.

Ese fue el problema, que Pryor tuvo respuesta en cada instante, y hasta llegó a sonreír después de recibir una combinación de golpes estando de espaldas a las sogas. ¿Cómo fue posible que no cayera?; ¿era un robot producto de la ficción de Ray Bradbury?; ¿dónde estaba el truco de su anormalidad?

Qué espeluznante fue esa ofensiva del round 14 deshilachando la resistencia y la defensa de Alexis obligando a la suspensión. Frente al “Halcón”, el nica se vio indefenso como nunca antes, provocando escalofríos. El anuncio del fin del mundo fue hecho con un derechazo que hizo crujir las mandíbulas de 23,800 espectadores. De inmediato, Pryor se movió hacia adentro, empujando a Argüello contra las sogas, y lo que se vio a continuación fue alucinante: una despiadada y demoledora ofensiva de al menos 14 golpes. No todos asestaron, pero seis derechas dejaron a Argüello titubeando sin conocimiento, pero sin lugar dónde caer.

El réferi Stanley Christodoulou saltó para apartar a Pryor, y el abatido Argüello, inconsciente, se derrumbó contra las cuerdas y se deslizó hacia la lona. Un minuto y seis segundos del round habían transcurrido, y Argüello había absorbido los mejores golpes de Pryor en los últimos 35 segundos aproximadamente.

Ocurrió algo que provocó múltiples controversias, publicado en aquel momento en diferentes medios, fue lo siguiente: por los micrófonos del Home Box Office que captó este intercambio justo antes de que la campana sonara para el decimocuarto asalto: el entrenador Carl (Panamá) Lewis: “Dame esa botella... No, no esa. La que mezclé”. Quizá era kriptonita. Los médicos trabajaron sobre Argüello durante casi ocho minutos antes de que pudiera incluso ser ayudado a sentarse en el taburete. Estaba sangrando de la nariz y de un corte justo debajo de la ceja izquierda, abierto en el sexto round.

El réferi Christodoulou tenía a Pryor adelante 127-124. El juez Ove Ovesen de Dinamarca vio a Pryor adelante 127-124. Ken Morita, de Japón, el otro juez, favorecía a Argüello 127-125. Un año más tarde, en la revancha, se repitió la historia y no quedó ya nada por discutir.