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Estoy de pie ante la computadora, como si continuara ovacionando, casi petrificado ante la demostración de poder y demolición que fue más allá de nuestro exagerado optimismo.

Román “El Chocolatito” González le machacó el ojo a Yutaka Niida y probablemente le aplastó la nariz en una victoria por nocaut técnico en el cuarto asalto, en Yokohama, Japón.

El fantasma de la báscula fue vencido un día antes. Ese eterno miedo de ir más allá de la condición humana era un vago recuerdo, y sólo Niida lo separaba de su sueño, de ese llanto que se hizo irrefrenable cuando el médico del ring veía la cara del monarca como si la hubiese azotado el huracán “Ike” o alguien le haya estallado una granada.

Resultó que Román es más grande de lo que pensamos, y Niida más pequeño de lo que fue. Un boxeador valiente, pero sin arte; un guerrero cansado, resignado y aparentemente, preparado para su tragedia… Al final había dos hombres llorando, el nica con la emoción atravesándole el pecho, y el japonés con el dolor calándole los huesos.

Ni siquiera el sufrimiento de una nariz explotada y de un ojo abollado dolían más que el hecho de haber perdido la corona ante su gente, sin haber puesto más, o quizás poniéndolo todo ante un boxeador tan agigantado como el “Chocolatito”.

En el primer asalto ambos boxeadores salieron con calma. Un recto de derecha se clavó en la frente del nipón, enviando una señal letal, un presagio a la catástrofe, como una sirena antes del bombardeo. Niida falla dos veces su izquierda y se vuelve a lanzar en un raro contragolpe, con cautela, dejando caer un fuerte jab al rostro del pinolero.

Román combina con fuerza y violencia en medio del asalto, pintando el estupor entre la multitud que empieza a apagar sus gritos con un sepulcral silencio. Nunca habían visto a su campeón ir para atrás, nunca se le había visto esa desesperación tan prematura, y peor aún, sin defensa para frenar la maquinaría que se le venía encima.

Poderosos ganchos van una y otra vez al cuerpo de un Niida que empieza a contragolpear, pero que para muchos es una excusa para huir del cambio de metralla.

En el segundo asalto, Niida insiste en meterse a la guardia del nica y sale perdiendo; gancho de derecha, gancho de zurda, dos repeticiones de derecha al cuerpo, Niida retrocede, intercambio fuerte en la corta, la peor parte la lleva el nipón; un cabezazo aparece, dos veces la izquierda martilla el cuerpo del japonés y cierra el asalto con un gancho de derecha que sube hasta explotar en la barbilla.

Niida sale con todo en la tercera vuelta, casi agónico logra meter par de manos al rostro. Vuelve a darse un cambio de metralla intenso y el humo de los proyectiles estremece a los asistentes; Román prosigue su ataque, bloquea golpes, pasa los bombazos de derecha del nipón, y vuelve a la carga con una izquierda que casi tumba a Niida. Las piernas le flaquean y va como anestesiado a las cuerdas, pero invitando que el nica le siga golpeando al cuerpo.

“Chocolatito” arrolla en esa tercera vuelta y sale con una sonrisa que parece una sentencia. En la esquina del japonés se puede tocar el miedo que precede a la muerte. El final le palpitaba en el pecho.

En el cuarto, Román saca la fiera, se pone a prueba, continúa el vendaval. Niida resiste una tempestad de nueve golpes consecutivos, seis de ellos con la misma mano; una izquierda que se manejó como espada atacando el costado derecho del japonés.

El golpe mortal fue una izquierda que hizo crujir la nariz de Niida, un sonido seco como de hueso partido que le dibujó una mueca de espanto. Sabía que tenía que morir de pie, y así fue.

Cuando llamaron al médico, presintió que todo había acabado. Su ojo derecho había desaparecido con la inflamación y su nariz sangraba sin parar. El dolor se convirtió en tristeza y más tarde en frustración.

Román veía de reojo a su oponente, y aunque no entendía ni una palabra en japonés, sabía que le estaban diciendo “No puede más”. Así, todo terminó, empezó a llorar y vivir ese momento, fugaz y eterno, para vivirlo, para disfrutarlo.

Mientras termino esta nota volando hacia Dallas, me vuelvo a poner de pie ante la computadora; ovacionando aún, me parece estar viendo esa clase de “Chocolateada”… Hey, en realidad es más grande de lo que decíamos.