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El final, solo el final de la controversial, excitante, agitada y para muchos entretenida vida de Héctor “Macho” Camacho, es un tema para ese experto en tragedias que fue Sófocles, el ateniense, porque no hay quien espere encontrarse súbitamente con una bala en el rostro que te afecte dos vértebras y te quite la vida, luego de reducirte a “muerte cerebral”, después de vivir por 50 años a bordo de una montaña rusa imparable.

Hay discusiones sobre el estilo de vida de Camacho. “La disfrutó plenamente”, escribe un columnista; en tanto Sulaimán lo califica casi como un ejemplo. Bueno, se puede disfrutar superando tantas complicaciones, en dependencia de la tendencia de comportamiento que cada uno de nosotros haya cultivado.

El colega del diario boricua “El Nuevo Día”, Jorge Pérez, un amigo de largo tiempo, editorializa en una nota que titula “Vida errática”, y se refiere a los problemas que lo aguijonearon desde muy chavalo en Nueva York, pasando por múltiples arrestos, el uso de sustancias prohibidas, casi dos años de cárcel por robo y otros líos más, hasta desembocar, después de una llamativa trayectoria boxística, y en programas de farándula por televisión.

Si Camacho fue feliz viviendo de esa manera, dichoso él, tan aventurero, y como tal, imprevisible.

Sulaimán lo alaba como boxeador y trata de pontificarlo como persona. Pienso, que tampoco es así. Claro, cuesta ser objetivo con alguien que alcanzó mucha popularidad, en el momento de su muerte, sobre todo si ocurre en forma trágica.

Me pregunta un oyente de Doble Play, ¿cómo definir al “Macho” como boxeador?, y me mete en un laberinto. Camacho no fue un artista como “Sugar” Leonard, ni una fiera como “Mano de Piedra” Durán, ni un fajador agobiante como Julio César Chávez, ni un enigma difícil de descifrar como Pernell Whitaker, pero siempre supo ofrecer combates interesantes, trepidantes, estrujantes, sangrientos. Se consideraba cada vez que subía al ring, en el ombligo del show, independientemente del resultado.

Todos coinciden en valorar como su mejor pelea, aquella de 1992 con Chávez, por su resistencia y coraje, por encima de las dos ofrecidas con Greg Haugen perdiendo y ganando, y su victoria sobre “Boom Boom” Mancini, obviando su inutilidad ante “Tito” Trinidad, y la pelea perdida con De la Hoya.

Sus triunfos sobre Leonard y Durán, se construyeron cuando estos eran borrosas sombras de lo que fueron, y de alguna manera abrillantan el récord de 79 éxitos (38 por KO), 6 reveses y 3 empates.

Se supone que un boxeador muera a consecuencia del desgaste sufrido en el ring, o como producto de una agresión sin medida, tal fue el caso de Paret ante Griffith, no por un balazo en el rostro, pero como dice Murphy: “Nadie es dueño del próximo instante”.

 

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