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Hay impactos que permanecen por siempre, resistiendo el paso del tiempo y las arremetidas del viento. Como la victoria de Nicaragua sobre Cuba por 2-0 la noche del 3 de diciembre de 1972, en el Estadio Nacional.

¡Qué sacudida! Estructuralmente, Managua quedó muy frágil después de aquella erupción de júbilo. Los edificios se movieron, el lago se agitó bruscamente, el Momotombo se hinchó y los rieles crujieron con estrépito.

Por un momento, el poderoso equipo cubano estaba de rodillas. Pueden creerlo, pero 40 años después, la multitud que fue testigo de ese hecho deportivo histórico ha crecido. Difícilmente usted encuentra un sobreviviente de aquel tiempo que no haya estado en el Estadio.

Ciertamente, Julio Juárez pareció estimulado en todo instante, por el aliento de millones que han vivido con los spikes puestos. La temprana ventaja de 1 por 0 levantó el voltaje, y el jonrón de Vicente López, poniéndole sello a la pizarra 2-0, aceleró los latidos de nuestros corazones.

¡Qué instante más glorioso!, pensamos mientras se celebraba la victoria, adentro y afuera. Por favor, congelen esas imágenes. No permitan que se desvanezcan.

Doble play matador

Tomemos una fotocopia de ese juego y regresemos al momento más excitante, en el cierre del noveno inning con un out.

Nuestros huesos sudaban tanto como las vigas del estadio, cuando con Isasi circulando en segunda y Marquetti en tercera, el zurdo Urbano González le pegó en la nariz al lanzamiento de Juárez.

¿Dónde diablos va a parar una pelota cuando sale de la mano de un pitcher? Ésa es la mayor intriga del deporte más expuesto a lo inesperado. La furia del swing y el ruido provocado por el choque de madera y cuero nos obligaron a cerrar los ojos, apretar los puños, rechinar los dientes y rezar.

El proyectil fue hacia al short Jarquín, quien cuando nació saltó tras una pacha y la capturó en el aire con el guante de revés. La pelota fue ahogada por César, vio a Isasi tomando espacio y riesgo, se volcó hacia segunda y concretó el doble play matador.

No exagero. Usted pasa por el Estadio cualquier noche y todavía puede escuchar el eco de ese rugido.

La Selección que paciente y eficientemente construyó Tony Castaño acababa de terminar con una racha de 28 triunfos en fila elaborada alegre y convincentemente por los cubanos en Series Mundiales, propinándoles al mismo tiempo su primera blanqueada desde el 31 de octubre de 1944, cuando el mexicano Alcaraz los derrotó 2-0 en la séptima Serie Mundial realizada en Venezuela. Esta vez la gloria fue para un roble llamado Julio Juárez.

La gran noche de Juárez

Fue un triunfo dramático e increíble de un equipo pequeño pero convenientemente agigantado, sobre una verdadera maquinaria de producir beisbol y resultados.

Sé que un jugador solo no gana un partido; que el beisbol es una expresión típica de funcionamiento colectivo; que el “alma del equipo” no es nada más que una vieja metáfora; pero ocurre que este Julio Juárez con su exuberante confianza, la inmensa e inagotable sabiduría de su brazo derecho y ese coraje que lo impulsó a multiplicar esfuerzos, superó todas las expectativas.

Fue el factor clave, sin pretender saltar sobre el valor incalculable del jonrón de Vicente, o no concederle los méritos obvios a la dirección realizada por Argelio, y lejos de dejar de reconocer la importancia del funcionamiento colectivo.

Se sabía que el club cubano era completo. Pitcheo profundo, poder devastador, agilidad en las bases, cerrada defensa y pleno dominio de la técnica del juego, pero Nicaragua marcó mayor voltaje en el partido final. Tuvo más calor y más dinámica, sobre todo en esos momentos cruciales en que un partido se puede ganar o perder.

Huelga agredido

Nicaragua pegó primero en todo sentido, figurado y real, iniciando la batalla. Pasaporte de José Antonio Huelga a Rafael Obando, un error de Urbano González y hit impulsador de Pedro Selva.

Empezar un partido de tanta tensión con una carrera de ventaja asesta un golpe psicológico de indudable significado. Cuando el cemento se estremece con el tumba-cercas de Vicente López en el cuarto inning, sobre una curva hacia abajo de Huelga, el equipo cubano, aturdido, palidece y tiembla.

En el sexto inning salió Huelga para darle lugar a un emergente y las tribunas estallaron en un alarido victorioso. En el octavo, Servio Borges retiró al relevista Braudilio Vinent por otro emergente, y eso obligó al ingreso de Antonio “Boricua” Jiménez para que cierre el juego.

Juárez pasó cuatro momentos difíciles, y todos ellos los resolvió con singular maestría y serenidad admirable.

1.- En el primer inning Laffita y Capiró batearon hits, pero el derecho supo apretar tuercas y Cuba no anotó.

2.- En el segundo inning, Cuba siguió presionando. Isasi y Urbano abrieron con sencillos, pero un doble play rapidísimo sobre batazo de Lázaro Pérez despejó el peligro. Juárez eliminó a Rodolfo Puente y nuestro sistema nervioso volvió a su punto de equilibrio.

3.- En el sexto, con un out, Wilfredo Sánchez conectó un doblete, pero Laffita y Capiró no lograron hacerlo progresar. Juárez los sujetó por el cuello, retorció sus bates y sacó los outs necesarios para garantizar otro cero.

4.- El más agobiante, en la frontera de lo fatal, en el noveno inning con un out y terribles amenazas en segunda y tercera.

Un roletazo lento de Marquetti fue atacado velozmente por el casi siempre infalible Jarquín, pero el fildeador de brillantez cegadora no pudo controlar la pelota. ¡Qué momento más inapropiado para mostrar su condición de ser humano expuesto al error! Juárez le abrió a Isasi con dos bolas malas, pero de inmediato lo atacó con dos strikes. Bateador experimentado, frío, pensante y muy efectivo, Isasi disparó una línea entre el left center llevando a Marquetti a tercera.

El momento cumbre

El silenció fue sepulcral. Dio la impresión de que los más de 30 mil se habían ido del parque, huyendo de la desesperación.

Con los pulmones recargados de oxígeno, la multitud volvió a ofrecer su aliento, mientras la frialdad de Argelio galvanizaba a Juárez. “Apúrate que tengo una cita”, le dijo el manager con ese sentido del humor que todavía conserva inalterable.

Nada de “por aquí o por allá, o ten cuidado con ese zurdo”. Era mejor un calmante como “tú puedes Julio, así que apúrate”. Una palmada en la espalda y “nos vemos después del out 27”.

Ahí estaba Nicaragua tratando de sostener una ventaja frente a Cuba en el último grito del drama. ¿Podría el Quijote, ese soñador incurable, derrotar a Einstein y sus fórmulas?

Urbano González en el cajón de bateo nos parecía más grande y peligroso. Valeriano en tercera, Jarquín en el short, Obando en segunda y Calixto en primera, estaban agazapados, rascando la grama con sus spikes, listos para saltar al impulso de sus reflejos, mientras Julio Juárez levantaba su pierna izquierda y venía hacia el plato sobre el hilo de entendimiento con Vicente López.

Un momento para ser descrito por Stephen King.

Línea hacia el short, como César quizás lo deseaba, la atrapada segura, el rápido vistazo y el movimiento preciso para doblar a Isasi en segunda. Los gritos, sudores y lágrimas se juntaron en nudos de emociones.

Dios, ¡qué bello fue ese anochecer!

Nicaragua 2-Cuba 0. En hombros de la multitud, mirando hacia las estrellas, sintiéndose como Julio César culminando su campaña en Las Galias, Juárez comprobaba que la posibilidad de realizar un sueño hace la vida más interesante y los retos más atractivos.

* Tomado del libro De Cayasso a Nemesio.