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No hay otro vocablo que mejor pueda graficar y dimensionar el súbito y espectacular desenlace provocado por esa derecha derriba montañas que Juan Manuel Márquez estrelló frontal y brutalmente sobre el rostro de Manny Pacquiao, que el de espeluznante.

Esa derecha relampagueante y destructiva, fue como ver un “Boeing” acelerado, abriéndose paso tumbando edificios después de destrozar un aeropuerto. El filipino cayó como partido por un rayo. Permaneció inerte ante el asombro colectivo inundado de temor. De pronto, imágenes como las de Kid Paret y Davey Moore, convertidos en cadáveres consecuencia de golpes entre las cuerdas, reaparecieron revoloteando nuestras aturdidas cabezas. Hasta que Pacquiao regresó del más allá enviando señales de vida.

No pude dormir. ¿Cómo hacerlo con las repeticiones de ese golpe moviéndose incansablemente en el disco duro de mi memoria, haciéndome saltar de la cama, buscando la cabeza de Pacquiao a la orilla de mi almohada? ¡Qué impresionante fue la desesperación mostrada por la esposa del peleador tratando de subir al ring temiendo lo peor!

Hay golpes que quedan grabados por siempre. El gancho zurdo fragmenta mandíbulas que Joe Frazier le conectó a Cassius Clay en 1971; la derecha deformadora que Rocky Marciano hizo llegar al rostro de Joe Walcott, casi desprendiendo su cabeza; y en la larga lista que cada uno de nosotros puede elaborar, hay que incluir ese arponazo de Márquez que “mató” a Pacquiao, sin tiempo para un quejido.

Faltaba apenas un segundo del sexto asalto, y Pacquiao no solo estaba enderezando la pelea después de la caída que sufrió en el tercero producto de una larga, precisa, y por supuesto potente derecha de Márquez, sino que daba la impresión de adueñarse del ritmo y establecer las pautas, para lo que podría ser un largo calvario del mexicano.

Se había impuesto en el quinto, y tenía en el bolsillo el sexto, lo que le proporcionaría en mi tarjeta sin valor, un punto de ventaja, en vista de lo equilibrante que fue haberle doblado las rodillas al azteca obligándolo a sostenerse apoyando su guante derecho en el piso. Así que después del conteo, cada uno tenía un round de 10-8.

Márquez sangraba por la nariz, tenía un corte sobre el puente más arriba, y su boca se estaba hinchando, aunque sin carcomerle en lo mínimo su audacia.

El brillo de sus ojos, nunca perdió intensidad, y su agilidad para contragolpear seguía siendo una seria advertencia. Además, su escopeta derecha se mantenía atenta, mientras Pacquiao golpeaba danzando alegremente, tratando de apretarlo contra las sogas.

¡Ah!, lo grandioso del boxeo. Un descuido en una fracción de segundo, y todo cambia. Con la mano izquierda de Pacquiao abajo y su derecha activada por arriba, Márquez, siempre lúcido mentalmente, captó la gran oportunidad y soltó esa derecha hacia el rostro del rival que se hinchaba de suficiencia en ese momento, disfrutando su recuperación.

Fue un estallido como el del Vesubio sepultando a Pompeya y Herculano. Y el filipino cayó destruido. Todo estaba consumado.

En tanto, yo todavía sigo sin poder dormir. Me duele la cara, como si hubiera visto salir de la pantalla esa derecha de Márquez y proyectarse tan frontal y brutalmente, como lo hizo con Pacquiao, tumbándome de la butaca.  Algo espeluznante.