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NOTA.- Esta entrevista fue realizada por Auxiliadora Mercado a doña Vera Zavala viuda de Clemente hace 24 años, cuando le otorgaron la orden “Eduardo Green”


Chilo Mercado

Managua, 1988. -Doña Vera Zavala viuda de Clemente está aquí y sigue tenaz tras las huellas que dejó desde 1972, el inolvidable Roberto. “Para mí, él está vivo, siempre a mi lado”, me dice en la habitación 235 del Hotel Las Mercedes, mientras le daba brillo a la Orden “Eduardo Green”, recientemente otorgada por el Gobierno de Nicaragua en memoria del gran pelotero y calificado humanista.

“Aunque Roberto ya no esté físicamente, yo lo siento siempre en la orilla -como en este momento- compartiendo con nosotros este rato”, dice doña Vera genuinamente emocionada. A la hora del almuerzo en ese fatídico día, doña Vera había reclamado a su marido que en todo ese año no habían estado juntos en fechas importantes como el aniversario de bodas, el Día de Gracias -que ellos celebran como nuestra Navidad- y ahora, el 31 de diciembre.

“Roberto me dijo que lo acompañara y no vacilé, pero nos acordamos que tendríamos una visita de un matrimonio americano y entonces tuve que quedarme, de lo contrario, hubiéramos venido juntos, nos refiere doña Vera. “Nos despedimos a eso de las cinco y media de la tarde hora en que saldría el avión, pero el aparato se descompuso y fue necesario atrasar el viaje para arreglarle la falla y poder salir”.

“Como coincidencia del destino, como indicándome dónde tenía que estar, a la hora de su muerte estaba en el lugar de la colecta para los damnificados junto con mis amistades americanas a quienes tenía que atender. Dejé todo en orden y me fui a casa de mis padres a compartir el fin de año con ellos, mis hijos y unos vecinos... Me sentía inquieta, el radio estaba encendido y como era frecuente que estuvieran mencionando su nombre debido a la ayuda que estaba haciendo, nadie en casa puso atención… Dieron las doce de la noche y no hubo alboroto y la tiradera de todos los años”...

“Después de medianoche recibí una llamada de la madrina de mi hijo menor, felicitándome y preguntándome si todo estaba bien... Mi comadre ya sabía y no me lo dijo. Volvió a llamarme y me llamó la atención la segunda llamada, pero tampoco me dijo nada. Fue una sobrina de Roberto la que me dio la noticia. Me sentí en las nubes, agarré las llaves de mi auto y me dirigí al mar pero no sé cómo me desvié a la casa de mis suegros y ya la calle estaba llena de gente. Su madre estaba dormida y no la quisieron despertar para darle la noticia, solo su padre sabía y lo único que hicimos fue abrazarnos. Después regresé al volante de mi auto y corrí para el mar. Frente al océano que nunca me lo devolvió, alguien me quitó la llave y no recuerdo más... Aparecí en mi casa...”.

Para doña Vera, ese mes de enero transcurrió volando, se dio cuenta hasta que ya estaba finalizando. Todos los días se iba a sentar frente al mar para ver si el cuerpo de Roberto flotaba y poder darle cristiana sepultura. Antes de salir para Nicaragua, después de mi reclamo, él me dijo: “Todos los días de la vida son iguales. Por estos días que no hemos estado juntos, tendremos más tiempo por delante. Allá hago falta, hay mucha gente sufriendo”.

Ninguna molestia

¿Qué hay de cierto doña Vera, que usted guardaba resentimiento con Nicaragua por lo ocurrido a su esposo y que por eso no aceptó la invitación al acto inaugural cuando se le puso el nombre de Roberto al estadio de Masaya?

“Creo mucho en el destino y nadie tiene la culpa de lo que pasó. El morir de esa forma lo engrandeció mucho, sobre todo por la misión en que andaba. Yo no puedo resentirme por eso y si no vine antes fue porque estaba reciente su muerte y me dolía volver aquí, donde estuve con él en el Mundial-72. La herida estaba muy fresca y por eso no vine...”

Nativos de Carolina, Vera y Roberto se casaron el 14 de noviembre de 1964 y procrearon tres varones. Todos llevan el nombre del padre: Roberto, Luis Roberto y Roberto Enrique. Todos han sido peloteros, pero ninguno llegó a establecerse.

Después de la tragedia, doña Vera se dedicó a continuar los pasos de su esposo y desde hace mucho es Presidenta de la Junta de Directores de la Ciudad Deportiva Roberto Clemente”. “Él quería construir algo así para los chicos de escasos recursos, no para convertirlos en profesionales del deporte, sino para hacer buenos ciudadanos”, puntualiza. Ella siempre está ayudando a los niños, a los necesitados y por eso formó parte de la campaña en pro de los damnificados por el huracán Joan, que destruyó la Costa Atlántica y concluyó con el viaje que su marido no pudo terminar en el 72.

¿Por qué decidió no volver a casarse?

“Mirá no hay quien lo sustituya, no se puede hacer un doble de Roberto. Me quedé con mis hijos pequeños y me propuse dedicarme a ellos, criarlos como lo hubiera hecho con él. Nosotros llegamos a compenetrarnos tanto el uno con el otro que hasta pensábamos lo mismo en el mismo momento. Considero que siempre está conmigo y como fue tan buen marido, amigo, compañero, padre y buen hijo, él no merece que me vuelva a casar. Roberto es incomparable, insustituible”.

¿Cómo se conocieron?

Nos explica que fue amor a primera vista. Roberto la vio en la calle y quedó flechado. “Estaba recién graduada de secretaria ejecutiva y trabajaba en el Banco Central. Fue a principios del año 64 cuando al ir caminando por la calle rumbo a una farmacia, pasó un automóvil. El conductor -a quien yo nunca había visto- me quedó viendo. Mi susto fue grande cuando entré a la farmacia: el hombre del automóvil estaba ahí leyendo el periódico... Como no había nadie tras los estantes decidí regresar y el hombre me dijo: “Oscar ya viene, espérelo un momento”… “Me dispuse a ver los estantes mientras esperaba y él me preguntó: ¿Eres de Carolina? -Sí, le respondí... Pero nunca te he visto, insistió. ¿De qué apellido eres? -Zavala, contesté. Eso fue todo. Después me atendieron y me fui”.

Roberto me contó más adelante que el farmacéutico era su amigo y que le dijo si estaba interesado en mí, tenía que ir a mi casa a buscarme, porque nunca salía. “Entonces Roberto, ante ese freno tuvo que buscar personas que tuvieran acceso a mi y se encontró con una media pariente que era vecina de mi casa”, nos dice... “Agrega que en su interior tenía interés, pero que no lo demostraba”.

“Rondaba los 22 años y mis padres eran muy estrictos. Fui criada en tiempo que se pedía permiso hasta para ir a la esquina y fue un gran problema que me dejaran ir al parque de pelota. Mi hermana no quiso ir y entonces lo hice con la vecina y demás gente. Era la primera vez que visitaba un parque y con tan mala suerte que fue suspendido por lluvia. Ante esto, Roberto nos invitó a cenar, pero no acepté porque en mi casa no sabían. Regresamos y después de presentarme en mi casa, le pedí permiso para ir donde la vecina porque allí estaba Roberto”.

“Mi mala racha continuó -prosiguió doña Vera- porque inesperadamente apareció en mi casa mi único hermano varón -que por cierto era muy celoso- y al no encontrarme me fue a buscar y me dio una orden militar: “Te doy cinco minutos para que llegues a la casa”. Así fue, me excusé y tuve que irme.

“En los siguientes dos días me llamó al trabajo y me invitó a almorzar, pero no fui, por lo que al tercer día buscó a una sobrina para que me llamara y entonces acepté su invitación. Fue mi único novio y en la tercera o cuarta vez que salimos me dijo que se quería casar después de terminada la Serie del Caribe. Me asusté y le dije que teníamos que conocernos mejor. Entonces me llevó el anillo de compromiso y el de matrimonio para que me los midiera”.

La primera visita

“La primera vez que llegó a mi casa fue un show. Me llevó y se puso a conversar con mi papá sobre otros temas para entrar en confianza, hasta que mi papá le dijo que no entendía su visita, pues siendo una persona tan famosa, podía encontrar a cualquier muchacha a la vuelta de la esquina”.

“Roberto le contestó: “Usted tiene toda la razón, puedo encontrar a cualquiera, pero a la que busco y quiero está aquí”. Después mi papá nos puso día y horario de visitas y nosotros estábamos desesperados porque Roberto tenía que regresar a Estados Unidos y nos quedaba poco tiempo. En la segunda visita llevó catálogos de casas para escoger donde viviríamos”.

“Llegó la hora de irse a Pittsbugh y me llamaba todas las noches de donde estuviera, lo mismo que escribía cartas que todavía conservo. Fue hasta después de casados que comencé a conocer sus habilidades como jugador”.

¿Cómo fue la vida a la orilla de un pelotero tan famoso?

“Él era un hombre que siempre se sintió a gusto compartiendo la vida familiar. Al principio vivió 14 años en Pittsbugh con un matrimonio que no tenía hijos. No le gustaba la soledad. Después viajé con él a donde iba, lo mismo que mis hijos y para el tiempo que murió ya estaba pensando seriamente en retirarse para estabilizarse en un solo lugar, pues los muchachos ya estaban en edad de colegio y no se podía andar de aquí para allá. Él quería disfrutar de su familia y por eso pensaba retirarse. Estuvimos ocho años casados y fuimos muy felices, siempre al terminar cada temporada realizábamos viajes de placer. Así fuimos a Europa, también hicimos un viaje por América del Sur...”.

Algunas anécdotas

Se jugó en Nicaragua la Serie del Caribe de 1966 y Clemente vino con el equipo de San Juan. En su debut en el Estadio Nacional, un fanático le tiró un garrobo y Roberto muy asustado salió corriendo. Posteriormente, dijo que le habían tirado un animal prehistórico. Al respecto, su esposa recuerda que le llegó contando lo ocurrido y que se sentía muy asustado, pues nunca en su vida había visto antes ese tipo de animales, ya que en la fauna de Puerto Rico no existen.

“Se le ocurrió construir en una finca un rancho típico para hacer reuniones y le llamó El Carretero. El rancho quedó muy bonito, dado que tenía muy buen gusto. Para decorarlo tuvo que viajar por todas las islas, pues la decoró con ruedas de carreras que ya se estaban extinguiendo. Las buscó como loco y en cierta ocasión tuvimos que dormir una noche en la carretera en vista que dos llantas del auto se poncharon y cerca no había ningún lugar para repararlas. Así que dormimos esa noche en el carro con Robertito -nuestro hijo mayor- que aún era tierno”.

En el Mundial del 72, Roberto que era el manager de Puerto Rico, tuvo que ir al Hospital El Retiro con uno de sus pupilos que se había golpeado. Allí conoció a Julio Parrales, un niño de 12 años que no tenía sus dos piernitas. Roberto conversó con él y le dijo que el siguiente año tendría sus dos piernas y además iba a ser la mascota de Puerto Rico en el Mundial del 73… Doña Vera dice que sufrió mucho por Julio cuando se dio cuenta de la catástrofe. Dice que varias veces han tratado de localizarlo, pero que nadie da razón de él. Creen que murió en el 72.

Lo secuestran

“Fue tres años antes de la tragedia y ocurrió en San Diego. Después de un extrainning Roberto tenía mucha hambre y vio venir a Willie Stargell con comida. ¿Dónde compraste?, le preguntó... En ese restaurante que está al otro lado, respondió el slugger. Entonces Roberto compró y comenzó a caminar complacido de ver de la mano a una pareja de viejitos, pero también vio venir a un hombre y de pronto un carro con su puerta trasera abierta que se detuvo bruscamente junto a la acera. El hombre que venía de frente le empujó al interior. Eran cuatro. Uno conducía, otro le puso la pistola en la boca, el tercero un puñal en la espalda y el cuarto se le sentó en las piernas y fueron hacia un parque”, cuenta doña Vera.

“Una vez que llegaron lo despojaron de su billetera y se repartieron el dinero. Le quitaron las prendas, la corbata y solo le quedaba el pantalón y un zapato. Roberto estaba mudo, pero pensó que algo tenía que hacer y dijo que era Roberto Clemente y que si lo mataban el FBI los iba a encontrar. No le creyeron y buscando un soporte, dijo que el anillo que le quitaron era del Juego de Estrellas y que tenía su nombre. Además que vieran sus documentos.

Al rato se convencieron, le devolvieron sus cosas, recogieron el dinero que se habían repartido, lo metieron en la cartera que le colocaron en el bolsillo. Le pusieron la camisa y dándole golpecitos en las mejillas para que reaccionara le dijeron que se pusiera la corbata para que luciera normal y lo llevaron al lugar donde lo habían plagiado... Roberto estaba anestesiado por el susto y se le volteó nuevamente el corazón cuando vio que el carro retrocedía. Uno de los rateros le dijo: “Tome, había dejado su comidita”. El pobre Roberto pasó un mes enfermo del estómago y no dijo nada en el equipo por temor a represalias con él u otro pelotero”.

El mar se tragó a Roberto y a sus compañeros. Tres años después unos buzos de Bayamón encontraron el avión a 125 pies de profundidad en una zona rocosa de muchas corrientes y tiburones y hasta realizaron una filmación, pero nunca más pudieron volver a bajar.

Clemente siempre pensó que iba a morir joven y se fue a los 38. Solo su maletín de cuero de lagarto, comprado en Nicaragua salió a flote. Se fue un puertorriqueño, un gran jugador, un gran hombre, un humanista, un nicaragüense aunque su ombligo no esté enterrado aquí.