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  • Colaboración

“De Cayasso a Nemesio”, es el título del sexto libro que publica Edgar Tijerino Mantilla, ahora enfocado en los cinco campeonatos mundiales de béisbol que se jugaron en Nicaragua. El acto de presentación, realizado en el Aula Magna de la UCA, fue sencillo, cálido y permeado por esa aura de buen humor que Tijerino imprime a todo lo que hace. Al menos, a todo lo que hace en público.

Encomiable el gesto de invitar a la mesa de honor a Calixto Vargas y Julio Juárez. Viejas glorias de nuestro béisbol. Julio afirmó que todavía aturdían sus oídos las casi cuarenta mil gargantas que hacían vibrar el estadio nacional el día de la victoria frente a Cuba, aquel 3 de diciembre de 1972. Y que si volviera a nacer, volvería a jugar béisbol.

En verdad, eran más gargantas, Julio, muchas más. Centenares de miles fuera del estadio que, pegados a la narración de Sucre Frech y con el corazón latiendo como loco, agonizaban y volvían a vivir con cada lanzamiento. Día memorable. Histórico. Glorioso. Con seguridad, uno de esos pocos días de felicidad colectiva, sin reservas ni exclusiones, que ha disfrutado el pueblo nicaragüense. Ah… el recuerdo de la Serie Mundial del 72. La última y más grandiosa fiesta deportiva de la vieja Managua, vestida con dignidad y escarchada de gloria. Parodiando a Neruda… Te recuerdo, como eras…

Calixto, a quien algunos tildan como un rebelde con causa, aprovechó el micrófono para denunciar la desgracia de las viejas glorias del béisbol. Jóvenes humildes, en su mayoría, que dedicaron su vida al pasatiempo favorito de los nicas, cosechando aplausos y admiración, para después, también en su mayoría, quedar en el desamparo, sin estudios, sin oficio, sin empleo y sin pensiones. Solo la gloria, aplastada por la pena.

Emotivas la presencia y las palabras de Carlos García. Irrepetible, como dirigente deportivo, según lo califica Tijerino, quien aprovechó para agradecer a Carlos la enseñanza de “nunca bajar los brazos porque siempre se puede luchar contra la adversidad y superarla”. Y es que García es un ejemplo de tenacidad, capacidad y estoicismo, cuya huella en el deporte nacional es imperecedera. Algo que seguramente reconocen quienes le adversaron y quienes le respaldaron.

No dejé escapar la oportunidad para hacer a Carlos la petición postergada, y así, en su silla de ruedas y con mano insegura a causa del quebranto en su salud, estampó la frase “…Dios proveerá”, en la página inicial del capítulo que Edgar dedica a Carlos en su libro. Y salí abrazado a la frase, con el libro, también autografiado por Edgar, bajo el brazo.

El presentador oficial y prologuista del libro resultó ser Danilo Aguirre Solís. Todo indica que Danilo ha encontrado una magnífica coartada escribiendo prólogos a sus amigos, para seguir evadiendo la tarea pendiente de escribir sus memorias, que muchos esperamos con ansiedad y que, de publicarse, desnudarán ante la historia tantos misterios y secretos. Prólogos, como libros, los de Danilo. Ya a Sergio Ramírez le tocó pasar por una de esas. Así que Edgar se adelantó a advertir las dificultades que tuvo para incorporar el prólogo de Danilo, porque era como meter un libro dentro de otro libro. Y es verdad. Ese prólogo tiene el peso histórico de un libro.

Un acierto de Edgar fue colocar a Nemesio como un referente. A pesar de ser todavía joven, es admitido por moros y cristianos como un valor nacional. Un valor deportivo, como persona y como ciudadano. Reconocimiento que representa a la vez un formidable reto para Nemesio: conservar y cultivar esa imagen, en un país tan propenso a los contagios malignos, y tan huérfano y tan necesitado de valores.

“De Edgar a Tijerino” sería tal vez un posible título para el libro que sin duda alguien escribirá en memoria del muchacho con más tendencia a la vagancia que al estudio, según él afirma. Edgar no se hizo ingeniero porque solamente aprendió a sumar y multiplicar. Suma lectores y oyentes, y multiplica afectos. Suma discípulos, y multiplica enseñanzas. Suma libros, y multiplica historia. Pero sobre todo, suma y multiplica ejemplos. Y valores. El ejemplo y el valor del esmero por la excelencia. Del esfuerzo. Del trabajo. Alegría, humor y pasión para encarar la vida. Valores que todos los nicaragüenses deberíamos cultivar.

"Ah… el recuerdo de la Serie Mundial del 72. La última y más grandiosa fiesta deportiva de la vieja Managua, vestida con dignidad y escarchada de gloria. Parodiando a Neruda… Te recuerdo, como eras…

Enrique Saénz Colaborador