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El ídolo caído, sin poder salir de entre sus propios escombros durante su entrevista con Oprah Winfrey, no lloró. “No hay nada más triste que un titán que llora, hombre-montaña encadenado a un lirio, que gime fuerte, que pujante implora, víctima de su fatal martirio”, dijo Rubén, como si estuviera graficando lo que veríamos de Lance Armstrong en este 2013, admitiendo haberse dopado para ganar sus siete Tour de Francia, la más exigente prueba del ciclismo, y quizá del deporte.

Lance, el impresionante vencedor del cáncer en los testículos, respondió “Sí” con serenidad, como si estuviera quitando calmadamente una montaña que aplastaba su espalda, cuando Oprah le preguntó: ¿Ha usado sustancias prohibidas?, y continuó con “Sí”, casi sin inmutarse, admitiendo transfusiones de sangre, uso de testosterona, de EPO (producción de glóbulos rojos), y haberlo hecho en todas sus victorias del Tour.

Así que el súper-atleta increíble que tanto impacto provocó, nunca existió. Y no solo eso, el considerado persona ejemplar, pasó mintiendo por largos años, rechazando todo tipo de cargos y negando sospechas. Preparado para el bombardeo en el programa de Oprah, aun colocado contra las cuerdas, Armstrong intentó proporcionarle soporte a lo injustificable, y pienso que terminó golpeando más su ahora deteriorada imagen.

Para este Lance Armstrong tan majestuoso, pedaleando con bravura y desesperación mientras tragaba kilómetros de carretera y realizaba asombrosas escaladas, admitir su culpa fue caótico, y para sus legiones de admiradores, algo trágico.

“No me sentía mal porque era la única forma de competir con posibilidades. Todos lo hacían”. En lo que fue una resurrección para los Anquetil, Merckx, Hinault e Induráin, ganadores de cinco Tours, Armstrong lució destruido. Su historia mítica ha quedado borrada, y su nombre será solamente una oscura referencia para las futuras generaciones.

 

La otra cara

El considerado persona ejemplar pasó mintiendo por largos años, rechazando todo tipo de cargos y negando sospechas

 

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