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El primer campeón del mundo, Uruguay, y el último, España, se cruzaron ayer en Catar. América es celeste, pero el mundo sigue teñido de rojo: el equipo de Del Bosque derrotó al de Tabárez 3-1 en lo que ya empieza a ser una maldición para los uruguayos, que de las nueve veces que se ha medido a los españoles no ha ganado ni una.

El de ayer, en cualquier caso, no fue un triunfo sencillo. España tuvo que roer a Uruguay y, por una vez, necesitó más nervio que toque, más determinación que asociación, más competitividad que ocio.

El capitán, que recibió los agasajos de la organización en el descanso por su partido 100 con la roja, celebró su reaparición nada más empezar cuando le rebanó el balón a Luis Suárez en una posición de ventaja ante Valdés.

Uruguay cerró líneas, se ordenó muy bien defensivamente y le buscó la espalda a La Roja. Y la encontró en más de una ocasión: no solo dejó un gol sino que los delanteros exigieron seriamente a Valdés. El portero y los centrales españoles vivieron el partido con una tensión extrema ante la competitividad de Uruguay, un equipo de pierna fuerte y muy vertical. Ni siquiera el gol de Cesc, propiciado por una pifia monumental del portero Muslera en un tiro de 30 metros, alivió a España. Uruguay es un equipo con mucho oficio, hecho y derecho, muy armado y orgulloso de ser el campeón de América. A nadie le sorprendió el empate conseguido por Cebolla Rodríguez después de un pase filtrado de Martín Cáceres.

La rueda de sustituciones benefició especialmente a España y el segundo gol, el primero de Pedro, desarticuló definitivamente a la celeste. Piqué aprovechó una recuperación de Busquets cuando Uruguay armaba una contra Godin y habilitó a Pedro.