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El Barca está en urgencias. Hoy es una ruina, se ha desplomado en lo futbolístico, en lo físico y en lo anímico. Su eterno enemigo le hizo pagar su extrema indolencia y, para su espanto, sin necesidad de envidiar con los titulares. Al Madrid le bastaron algunos secundarios para despachar a un adversario sin alma, sin tensión.

Un equipo rutinario que primero se abanicó con la pelota ante un Madrid candado en defensa y luego dimitió en toda regla.

Como cualquiera del pelotón, el Barca buscó una pésima coartada en un penalti no pitado de Sergio Ramos a Adriano en el último suspiro. Una burda excusa, por más que fuera penalti, que no puede camuflar su nulidad.

Al equipo le falta un guía, alguien que apriete en cada entreno, alguien que tire de la hamaca a un grupo de jugadores al que sin timón le ha dado por la vida contemplativa.

Messi, por más que anotara, es la foto del Barca actual: en Chamartín se dio todo un paseo, de puntillas, pasito a pasito. Si no hay intervencionismo desde la cúpula, si el Atlético aprieta y el Madrid acelera puede que ni la Liga la tenga ya tan cerca.

Un poco de chispa le sirvió al Madrid, más intenso, más agresivo. Menos dado a la siesta de sobremesa propuesta por los azulgranas. De entrada, sin Alonso, sin Özil, con Cristiano bajo techo, el Madrid fue Pepe. El portugués, exiliado por la excelencia de Varane y Ramos en el centro de la defensa, se enquistó en el medio campo. Toda una declaración de intenciones de Mourinho, que ordenó un equipo cerrado, con Morata y Callejón a destajo por las orillas, con Kaká y Modric para nada, extraviado en un encuentro previsto para tapar y tapar, con la manta hasta el cuello.

Un conjunto con la persiana bajada en su propio estadio. La hinchada, con tal de la victoria, lo perdona. De hecho, la gente se dio a la silbatina con el trámite del Barça. Un tostón hasta para Oriente. Los barcelonistas con el balón al trote para nada; los madridistas encantados en su guarida.

Un mal pase de Thiago para un Messi que quiso recibir sin chicha alguna, derivó en un robo de Ramos, para el que no hay bolo que valga, y la consiguiente jugada de Morata por el costado izquierdo.

Su centro lo remató Benzema entre la parsimonia de Valdés y Mascherano. El Barca de estos tiempos: 14 partidos consecutivos encajando un gol. La presencia de Villa no dio profundidad a los suyos. Da la impresión de que el ataque ya es algo exclusivo de Messi, al que nadie se atreve a quitar ese foco. No hay apenas desmarques de ruptura. Hubo uno, sí, del propio Messi, claro, que se infiltró en área local tras un pase de Alves. Su remate bajo las piernas de Ramos superó a Diego López, que no protegió bien su poste más cercano.

El empate fue un estrechón de manos, un beso entre ambos. Con la Champions a la vista, todo un armisticio. Tieso el anodino Barca y con la mente en Old Trafford su contrario.

Un clásico somnoliento hasta el segundo acto. No es que llegaran las florituras, pero los azulgrana ya no quisieron ni la pelota y el Madrid se quitó algo las esposas. Irrumpió Cristiano Ronaldo y los de Mourinho tuvieron otra marcha. Morata, en un partido muy completo, no solo sujetó a Alves, sino que flirteó con el gol. Primero en un cabezazo al lateral de la red; luego, en los mejores momentos del Madrid en un mano a mano con Valdés tras un excelente servicio de Pepe. Roura movió ficha. Alexis por Villa. Busca y busca el Barca quien escolte a Messi y no da con la tecla. Alexis pasó de la grada en la Copa a ser el revulsivo. Sin noticias de Tello, un agitador, alguien con descaro, profundo, picante. Hasta Adriano se le anticipó en el cambio. A todo esto, ni un plano de Messi.

Con más ahínco, con más empeño, solo el Madrid le puso garbo. Animado por Cristiano y blindado por Varane, que crece y crece sin parar, los blancos jugaron con comodidad, aupados por la pachorra visitante.

Una falta de concordia entre Piqué y Alves provocó un córner. Lo ejecutó Modric y Ramos cabeceó a la red. En los tres últimos clásicos, tres goles de centrales madridistas a balón parado. Otra evidencia de este Barca distendido, aflojado, sin apetito. Poca cosa para un Madrid en combustión copera y hasta para un Madrid con las miras en Manchester. La jugada final con Ramos zancadilleando a Adriano no debiera valerle como excusa. El victimismo nunca es una buena receta. Y, frustrado, lejos de mirarse el ombligo, el equipo apela ahora al rollo arbitral. Se le vio a Roura en la previa copera y en el Bernabéu a Valdés, descompuesto en su arrebato final con Pérez Lasa.

Este Barca necesita remedios inmediatos. Al club le toca mover ficha y tomar decisiones. Sin alguien que le devuelva el colmillo, la desidia le puede condenar al destierro absoluto. Ya no es suficiente ir a rebufo de lo que fue.