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¡Hey mírenme! Aquí estoy recuperando apenas una pequeña parte del tiempo perdido, parecía gritar Orlando Vásquez a través de esa mirada nuevamente iluminada, después de conseguir ayer las medallas de plata en arranque --89 kilos-- y en envión --111 kilos--, en lo que fue un corajudo retorno de los escombros, y, al mismo tiempo, su despedida de las competiciones.

Mientras continúa su proceso de restauración como persona, en una edad inapropiada, 43 años, Vásquez, el mini-Goliat, volvió a batallar en estos Juegos Centroamericanos, como si la llama que durante tanto tiempo mantuvo encendida, llegando a ganar nueve medallas Panamericanas, la más grande proeza de un atleta amateur pinolero en el repaso de todos los tiempos, no se hubiera apagado por casi 11 años, ocho de ellos atrapado por la adicción a las drogas. Ahí está en el Gimnasio San Francisco Dos Ríos, levantando sus brazos, tratando de ver al público con sus ojos humedecidos y su corazón acelerado, y pienso: “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo, y más la piedra dura, que no siente”.

Vásquez es un “resucitado”. Hace poco, antes de ser convencido por Miguel Niño y ayudado por Juan Sosa, para ingresar al centro de rehabilitación en La Dalia, Matagalpa, en busca de un milagro después de tanto padecer y haber desaparecido, como si hubiera sido tragado por un embudo de vertiginosos giros, era absurdo imaginarlo ganando dos medallas más, las primeras de Nicaragua en este evento que lo vio comenzar a consagrarse en 1986, en Guatemala, un año antes de ser despojado de tres de las nueve medallas Panamericanas en los Juegos de Indianápolis, consecuencia de la toma de un diurético nada incidente, por estar sometido a medicación.

Todavía joven, reaccionó vigorosamente con tres medallas en los Panamericanos de 1991, en Cuba, y otras tres en los de 1995, en Argentina. ¿Cómo fue posible semejante alarde desde un país tan pequeño deportivamente y necesitado de desarrollo? Fue gracias al accionar que se desplegó en los años 80 y que le permitió adiestrarse en la URSS, Bulgaria, Polonia y Cuba. Pero, sobre todo, su madera como un fuera de serie en el deporte en que los hierros parecen gemir frente al rugir de los atletas.

“No sé cómo pasó, pero de pronto, sintiéndome en la soledad después de haber visto pasar mis mejores días, comencé a flaquear sin poder contar con la mínima fuerza de voluntad para detenerme frente a la adicción. Y no hubo forma de parar”, me dice sobre el agudo problema que atravesó, quien fue el abanderado de Nicaragua en el desfile inaugural de estos Centroamericanos.

“Uno sabe que se está dañando, pero se siente inutilizado frente al poder de ese vicio. Una y otra vez traté de enderezarme sin poder hacerlo, pese a lo que me dolía ver cómo me quedaban viendo. Llega un momento en que te olvidás de eso”, expresa recordando su amargo “tour” por lo que parecía ser un desastre sin fin, o posiblemente, un final desastroso.

“Un día, tirado en el parque, pensé: ¿qué estoy haciendo aquí? No, no puedo seguir. Tengo que hacerlo por mis hijos, por mi esposa que tanto se fajó sin permitir que se rompieran sus esperanzas. La familia que tanto había golpeado, volvió a importarme, y fui donde Miguel Niño en busca de un apoyo. Tuve la suerte de encontrarlo y me sometí a una rehabilitación en Matagalpa. Fue así como he logrado salir del hoyo, volver a querer vivir, entrenar, competir, y aquí estoy”.

Resultó inevitable en la crisis la fragmentación de la familia, cuando su esposa llegó a los límites de resistencia y sufrimiento. “No estaba consciente de que todo se derrumbaba a mi alrededor. La adicción te oscurece por completo”, expresa frunciendo el ceño.

Recuerdo cuando en San Telmo, en Buenos Aires 1995, Carlos García detuvo un show de tangos para presentarlo a la asistencia y colgar sobre su hinchado tórax, tres medallas Panamericanas recién obtenidas, certificados de su grandeza como atleta. Me parece que fue hace un siglo y sacudo mi cabeza como si tuviera pelo.

 

dplay@ibw.com.ni