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¿Recuerdan aquel dramático momento del mes de mayo del 2012? “No sé si volveré a lanzar”, meditaba con una fatiga de mueble antiguo, como diría García Márquez, el “as” del taponeo Mariano Rivera, en una primera reacción al rompimiento de un ligamento en su rodilla derecha, durante una práctica de fildeo, que lo sacaría de circulación por el resto de la temporada y colocaría su futuro en la cuerda floja.

Así que los Yanquis estarían buscando cómo regresar a la Serie Mundial sin Mariano, algo así como el ejército griego sin Aquiles intentando tomar Troya, o el cartaginés sin Aníbal fajándose en Zama, tal como quedó demostrado, pese al gran trabajo realizado por Rafael Soriano. Aún a sus 42 años, el panameño seguía siendo en ese momento para cualquier manager, la mejor opción para rematar al enemigo, por encima de brazos jóvenes como los Papelbon o Kimbrel.

Rivera, con 5 rescates en 6 posibilidades durante sus 9 apariciones en el 2012, está de regreso para este 2013, pero advierte solemnemente que será su último año. Es decir que no veremos más su misteriosa bola cortada, no disfrutaremos de sus remates calma nervios con esa autoridad impresionante que mostraban algunos de los sheriffs en el viejo oeste. Y es que Rivera, era un Wyatt Earp en la colina.

Uno salvador de 608 juegos a lo largo de 18 temporadas, con 43 años, Rivera se siente golpeado por el paso del tiempo que no perdona después de haberse convertido en una leyenda.

“Me retiraré cuando los bateadores me lo hagan saber”, dijo en una entrevista a Joel Sherman del New York Post hace un par de años. No fue necesario llegar a ese punto. Antes de levantarse el telón del 2013, Mariano informa que después de esta campaña, no lo veremos más en acción. Con los Yanquis desde 1995, Mariano ha sido tan representativo de Nueva York como lo son Times Square, Radio City y la Catedral de San Patricio.

No era eso su propósito cuando aterrizó con sus esperanzas en una mochila, pero mantuvo el pie sobre el acelerador en ruta hacia la grandiosidad, y agigantando su humildad con la impresionante efectividad que ofrecía casi inalterablemente juego tras juego, se incrustó en el corazón de una afición exigente y obtuvo el aprecio y respeto de un periodismo presionante.

 

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