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Hubo un tiempo reciente en que nadie quería enfrentar al Barcelona. Era lo peor que podía ocurrir. ¿Cómo vencer a un equipo fabricante de magia, dueño de la pelota casi todo el tiempo, y con el mejor jugador del planeta moviendo los hilos? Naturalmente, todos los probables rivales rezaban por no encontrarse con los azulgrana.

Las perspectivas han cambiado, aunque tercamente se sigue diciendo que es el mejor equipo del mundo, pese a verlo sumergido en tantas dificultades, como empatar tres veces y perder dos juegos mientras gana cinco, en lo que va de la Champions. Por supuesto que eso no “rima”. Las últimas versiones que hemos visto del Barsa, incluyendo esta que se apoya en dos empates angustiosos para continuar con vida, aterrizando por sexto año consecutivo en semifinales, lo cual es un récord, no responden al grandioso calificativo.

Este Barsa no mete miedo. Ni siquiera con Messi al tope de sus facultades, y de eso están claros el todopoderoso Madrid, el exuberante Bayern y el altamente peligroso Borussia, quienes sin gritarlo con música de mariachis, no solo lo piensan, sino que seguramente lo desean, por una razón muy sencilla: el Barsa, sangrando por varias heridas, raramente infuncional, no tiene tiempo para reconstruirse, aun admitiendo que es capaz de provocar un impacto como el que consiguió en la revancha con el Milán, un equipo que no tiene el tamaño de los otros tres semifinalistas.

¿Es posible volver a ver un Barsa excelso? Eso no puede ser descartado, pero con este Xavi súbitamente “envejecido”, una defensa constantemente agujereada, esa falta de precisión de los hombres que se mueven en el área, la irregularidad en la contención, pese al esfuerzo de un Busquets que se vio disminuido en la vuelta contra el Saint Germain, y la poca utilidad que proporciona la posesión del balón, se ve difícil, muy difícil.

Cierto, este Iniesta tan inspirado y desequilibrante, y Messi con inmensa creatividad y fácil maniobra, tienen capacidad para hacer crecer como amenaza al equipo, pero no con suficiente apoyo, como antes. Pelé y Gerson en 1970 eran parte de aquel Brasil que parecía confeccionado por Ralph Laurent, desde el cuello hasta el ruedo del pantalón. Ellos nunca estuvieron solos. Siempre encontraron el acompañamiento necesario de Tostao, Rivelino, Jairzinho, Clodoaldo, Carlos Alberto, una maquinaria, como lo fue el Barsa hasta hace poco. Cuatro años antes, en el Mundial de 1966, sin ese acompañamiento, Pelé y Garrincha se sintieron solos y golpeados, y Brasil se hundió estrepitosamente.

¿Tendrá suficiente alma y sangre este Barsa para sobrevivir en semifinales limitado en su destreza? No lo creo, a menos que se produzca una restauración casi milagrosa, pero Vilanova no es Miguel Ángel, ni Da Vinci.

La mejor final imaginable es Real Madrid-Bayern. Juego abierto de gran profundidad, cañoneo largo, grandes cabalgatas, mucha furia y mucha fibra, y Cristiano atravesando su mejor momento, letal para definir, incontrolable, inclaudicable. Pero ellos podrían encontrarse en el sorteo de hoy, lo cual no incomoda al equipo de Robben, Ribery, Schweinsteiger, Lahm, Muller, Mandzukic, listo para cualquier tipo de reto, y muy conocedor del Madrid.

Parece obvio que el Borussia es el equipo que más le conviene a este Barsa debilitado con muchos de sus pilares flaqueando, distantes de su mejor nivel. Ningún equipo puede depender de solo dos o tres jugadores en plenitud, tampoco el Barsa, que menos mal, consiguió una kilométrica ventaja en la Liga para evitar quedar con las manos vacías.

Solo con cruces así, veo factible una final Real-Barsa en Wembley, porque tanto el Madrid como el Bayern están muy fuertes para una eliminatoria a doble duelo con los catalanes. Y no es que se subestime al equipo azulgrana, sino que lo hemos visto atravesar tambaleante por un campo minado sin dejar constancia de seguir siendo el mejor equipo del mundo.

 

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