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Lo que vimos en las dos batallas correspondientes a las semifinales de la Champions, todavía nos tiene inundados por ese desconcierto que provoca el asombro. Permítanme golpear la pared con mi cabeza, buscando cómo espantar el aturdimiento.

Cierto, no deberíamos sorprendernos porque históricamente el fútbol alemán siempre ha sido temible, pero la forma en que el Bayern y el Borussia se volcaron sobre el Barsa y el Madrid, sin dejar piedra sobre piedra, con victorias rotundas por 4-0 y 4-1, obligan a revisar el paralelogramo de fuerzas en esta Champions. Todo el año esperando por una “final soñada” Barsa-Real, y ahora ellos están hechos astillas, con sus posibilidades de sobrevivir tan debilitadas como las de Leónidas con sus espartanos en las Termópilas.

¡Qué escalofriante es ver aplicar con frialdad, el arte de la demolición! El Barcelona, seriamente herido, nunca fue considerado favorito, y aunque Xavi preguntó por qué ese pesimismo alrededor de un equipo calificado hasta hace poco como el mejor del mundo, sabía que el vaticinio estaba muy bien soportado, sin imaginar, por supuesto, que el desequilibrio sería alarmante. El Madrid, en cambio, pese a conformarse con un empate y ser vencido por el Borussia en la fase de grupos, fue colocado como favorito, por tener a Cristiano en plenitud, y estar atravesando un gran momento como equipo en la competición. Así que hablar de cuatro goles en contra, con opciones a provocar mayor daño, era un disparate.

De pronto, la famosa frase del inglés Gary Lineker: “El fútbol es un juego simple: 22 hombres corren detrás de un balón por 90 minutos, y al final, siempre ganan los alemanes”, no solo cobró vida, sino que se convirtió en soplo de huracán. Un Bayern colosal y un Borussia magistral, hicieron lucir a los grandes del fútbol español, como equipos falsificados, casi fantasmales. De no ser por la falla de Hummels, hasta sin goles.

Tantas historias épicas de Alemania como selección, y algunas de sus equipos en la Champions, siguen emocionándonos en el rincón de los recuerdos desde que terminaron estrangulando a la fabulosa Hungría en 1954; pasando por el irrespeto a la súper-Holanda de Cruyff en 1974; la brusca eliminación por 4-1 de Inglaterra y por 4-0 de la Argentina de Messi, Tévez, Higuaín, DiMaría, Agüero, Heinze, Pastore y Mascherano en la Copa de 2010; hasta desembocar en estos bombardeos al Barcelona y el Madrid.

Aunque pendientes de las revanchas en el Bernabéu el martes y en el Camp Nou el miércoles, sin descartar alguna proeza, más probable del Madrid --mejor armado y con cifras ligeramente menos drásticas--, los dos equipos alemanes que lucieron capaces de derribar cualquier muro tienen cara de finalistas el 25 de mayo en Wembley.

El Bayern goleó 6-1 al Lille y 4-1 al BATE en la fase de grupos, perdió en los octavos 2-0 con el Arsenal en Munich, viéndose obligado a imponerse 3-1 como visita en el retorno, para avanzar angustiosamente a cuartos, y superar al Juventus, exhibiendo superioridad sin alardear 2-0 y 2-0. Frente al Barsa con una caricatura de Messi, fue brutal. La ferocidad de Schweinsteiger pareció derretir al Barsa en el medio, y el oleaje que fabricaban Robben, Muller y Gómez, sin contar con Mandzukic, hizo naufragar la defensa azulgrana.

El Borussia, ganador invicto del grupo de la muerte, completado por el Madrid, el Ajax y el City, solo había marcado cuatro goles contra el equipo holandés en la vuelta, pero se desbordó destrozando al Madrid, creciendo espectacularmente como fuerza ofensiva, mostrando a un Lewandowski imparable y fulminante, dejando una impresión de superioridad aplastante.

¿Cómo podrán borrar esas desventajas jugando como locales el Barsa y el Madrid? Esa intriga está vinculada a otra de mayúsculo significado: ¿Cómo sujetar el ímpetu de estas dos maquinarias del fútbol alemán, entre las columnas de humo que no se desvanecen sobre los escombros de los oponentes? Obviamente, el factor temor aprieta más a los españoles.

 

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