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El resultado del combate de artes marciales mixtas entre Ricardo Mayorga y Wesley Tiffer, es lo menos importante, como tampoco interesa enfrascarnos en agitados debates sobre la legitimidad o no del fallo favorable para “El Matador” al concluir dos rounds de cinco minutos, para mí tan aburridos e inexpresivos. Supongo que muchos de ustedes, igual que yo, deben ser analfabetas sin la menor cultura en este deporte, y no sabemos si el rodillazo paralizante fue bien conectado o no.

Lo que va a quedar grabado en nuestra memoria, es la agitación de esa multitud de casi seis mil personas, capaces no de pagar un boleto, sino de esperar hasta la medianoche con ansiedad llamativa, entre una expectación salida de la nada, que grafica la permanencia de Mayorga como un factor de atracción, retando el paso del tiempo sin exigencias de capacidad competitiva.

Para los promotores la velada fue un éxito, y resonante. Seguramente se alcanzó una cifra próxima o superior a los cien mil dólares en boletos con precios de 10 y 40; se cubrieron los gastos, se obtuvieron ganancias y, sin reinventar a Mayorga, se le fabricó espacio para seguir siendo atractivo en futuras programaciones, con iguales o menores pretensiones económicas. Mayorga volvió a ser noticia de ocho columnas, protagonista de múltiples entrevistas, presentaciones y sintiéndose una vez más como ombligo del espectáculo, mostró que su show, sin necesidad de aplicarle variantes, sigue en pie, inagotable.

Es un fenómeno merecedor de estudio. Cuando Alexis Argüello tan querido y Rosendo Álvarez tan emotivo, defendieron aquí sus cinturones mundiales, su capacidad de atracción fue limitada. ¿Por qué volcarse sobre las ventanillas de boletos, si Rigoberto Riasco y Kermin Guardia no fueron considerados lo mínimamente peligrosos? Ah, si Alexis hubiera enfrentado a Escalera y Rosendo a Siriwat, el país hubiera erupcionado.

Mayorga reunió más gente que Alexis y Rosendo, tratando de funcionar como un combatiente experimental de artes marciales mixtas, contra alguien a quien la mayoría no conocía. Ni siquiera su exceso de peso, las dudas sobre su nivel de competencia, lo confuso de las valoraciones deportivas, recortaron el interés de la gente en estar presente.

Los mismos gritos, la vieja agresividad, esa subestimación por el adversario largamente conocida, lo repetitivo del pre-show, parecieron algo novedoso. Hay que analizar la anatomía de una influencia, diría Harold Bloom.

Aunque hubiera perdido, Mayorga salía ganando. Que si el rodillazo fue ilegal, no importa. Incluso peleando con su sombra, Mayorga es capaz de hacer llegar a más de seis mil prójimos. Por una noche, él fue feliz escapando a la soledad en la que se siente sin el rugir de las tribunas. Como dice Vargas Llosa, en la sociedad del espectáculo, el cómico es el Rey.

 

dplay@ibw.com.ni

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