•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • elnuevodiario.com.ni

Qué fácil resulta definir a Floyd Mayweather en el firmamento del boxeo actual: es brillante, pero emociona poco. ¿Cómo se puede levantar el voltaje de las tribunas sin tomar riesgos, sin ser exigido al máximo por rivales que carecen de suficiente calidad y de esa imprudencia temeraria que identifica a los hambrientos de grandeza?

Robert Guerrero no es un fantasma en ninguna ópera, menos entre las cuerdas, pero tiene atrevimiento y valentía, y abrió la pelea, como un probable problema para Floyd. Pero esa impresión fue desvanecida antes de medio trayecto por el boxeo cargado de destreza, rapidez y precisión de Mayweather, con el soporte de esas piernas ágiles e incansables, expertas en pausados giros guiados por el hada “armonía muscular”, y su talento que le permite aplicar variantes desconcertantes.

Un púgil que cobra más de 30 millones de dólares por encerrarse con adversarios que no alcanzan la dimensión de verdaderas amenazas, termina aburguesándose. Con una bolsa de esas, Joe Louis no hubiera peleado tantas veces en un año, ni Ray “Sugar” Robinson. Así que es normal encontrarse con un campeón que siendo enorme factor de producción, pasa 364 días sin combatir, como es el caso de Mayweather. Decía Danton que “la necesidad es la madre de cualquier sacrificio”, y desde hace rato, Floyd, ahora con 36 años, la perdió de vista.

Hay coincidencia de opiniones sobre el momento más emocionante del combate, quizás el único, y es la ofensiva desplegada por Floyd en el octavo asalto provocando un corte sobre el ojo izquierdo de Guerrero, y conectándole un sólido golpe de derecha a la cabeza. De pronto, cesó la furia, el instinto matador se ocultó y Guerrero sobrevivió. Mayweather explicó que se había lastimado una de sus manos desde los primeros rounds, y que en esa arremetida, el dolor se hizo intenso.

¿Una gran pelea? No lo fue porque Floyd mantuvo el control en todo instante, entrando, saliendo, contragolpeando, dejando corta la mano derecha de Guerrero impidiéndole sacar provecho del perfil zurdo, decidiendo qué hacer y cómo hacerlo. “Todo lo que quiero hacer es una pelea emocionante”, dijo Maywaether, pero ¿cómo lograrlo sin encontrar respuestas a sus variadas propuestas?

¿Pelea aburrida? Bueno, culpa de lo repetitivo de las imágenes, y la inutilidad del adversario flotando sobre su derroche de esfuerzo. El peleador que termina el combate ileso, sin un corte, sin una caída, sin agotamiento, sin sudor en sus huesos, da la impresión de no haber sido capaz de transmitir la menor emoción. El problema es que el brillo de Floyd con su boxeo, es cegador, así que opaca y hace desaparecer al enemigo con gran facilidad. Y en esa tarea, alguien bosteza.

 

dplay@ibw.com.ni