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Es triste escribir de un amigo que ha dejado de vivir. De alguien que será extrañado por todos los que tuvimos la oportunidad de disfrutar de sus ocurrencias, de su calor humano, de sus rítmicos movimientos de cintura y piernas, de su amistad y de su inquebrantable buen humor.

Jerónimo Oporta, aunque prefiero decirle “Chombo”, como cariñosamente lo llamábamos, falleció este miércoles al filo de la medianoche en el Hospital Militar. Su destreza con el lente, su aguzado ojo para atrapar las mejores jugadas de los diferentes atletas fueron y serán disfrutadas por miles, aunque él haya dejado de existir.

De nuestro inolvidable “Chombo” podría contar muchas anécdotas. Sus auténticas ocurrencias, bailes y “delicadezas” ponían a reír a los cronistas que coincidíamos en el extranjero en coberturas boxísticas. La habitación se volvía un mar de alegría.

La calidad como persona, amigo y compañero de trabajo no tiene precio. Su pérdida la hemos sentido muchos que logramos conocerlo, pero en mi caso particular, me quedo con un profundo pesar de no haber podido hablarle del Evangelio de Jesucristo.

Digo esto, porque la madrugada del pasado 9 de mayo soñé que “Chombo” había muerto de un paro cardíaco. Al principio eso fue perturbador para mí, pero después comprendí que era Dios hablándome para que cumpliera con la misión de predicar su Evangelio a un amigo.

La Biblia indica en Joel 2:28: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestra hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones”. Igual aparece en Hechos 2:17-18.

En ese sentido, comprendí que debía hablar con “Chombo” de la palabra de Dios, y su hijo Enrique Oporta sabe que intenté hacerlo, cuando en el Parque “Luis Alfonso Velásquez” le relaté mi sueño.

Él me instó a llamarlo, y, por supuesto que lo hice. Cuando hablé con mi entrañable amigo andaba trabajando, quise ponerme de acuerdo para llegar a su casa, pero me dijo que iba a estar ocupado toda la semana, pero que me avisaría cuando estuviera listo; no obstante, cuatro días después fue hospitalizado y no salió hasta cerrar sus ojos. Ya su alma se había ido.

De manera que no pude expresarle mi sueño, pero sobre todo evangelizarlo e invitarlo a la iglesia Pentecostal Unida ubicada en la calle 14 de Septiembre. ¡Dios te bendiga “Chombo”! Adiós amigo.

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