Edgard Tijerino
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La belleza del fútbol, ancha como un océano, brillante como la aurora, intrigante como un libreto de Simenon, apasionante como un romance marca “lo que el viento se llevó”, inundó y cobijó ayer el mítico Estadio de Wembley, mientras el Bayern de Munich se imponía 2-1 al Borussia de Dortmund, ante la admiración del planeta, detenido en su giro por un poco más de 90 minutos.

Un partidazo jugado en llamas, aguijoneado por la ansiedad de dos equipos que se volcaron con una voracidad incontrolable pero muy bien manejada, con un falso 0-0 que negaba numéricamente la multiplicidad de esfuerzos realizados, los desbordes, las atajadas de los arqueros y los momentos de infarto, hasta que uno de ellos, más entero físicamente, todavía con la suficiente creatividad, capaz de seguir ensayando incursiones cargadas de peligro, supo prevalecer, y ese fue el Bayer de Heynckes.

Para el holandés Arjen Robben, fue una noche eterna, sufrida y grandiosa; cabalgando entre lo brillante de las oportunidades que se le presentaron, lo fabuloso de sus maniobras, lo apocalíptico de sus fallos, y finalmente, desembocando en lo sutil y resplandeciente de su destreza, con ese pase rasante en el minuto 60 que convirtió Mandzukic quebrando el 0-0 que parecía tan sólido como la pirámide de Keops pese a tantos intentos de cada lado, y la fina puñalada en el 89, desequilibrando, escapando, encarando y resolviendo con el toque de zurda que agujereó a Weindenfeller, para proporcionarle al poderoso y temido Bayern de hoy, su quinta Champions por 2-1.

¡Cómo impresionó el arranque del Dortmund! Completamente irrespetuoso, con una confianza y una autoestima digna de Teseo en busca de matar al Minotauro y salir vivo del Laberinto, con Reuss suelto alegremente, Lewandowski como una permanente amenaza, y Gundogan haciendo estragos. Por momentos, nadie se acordó que faltaba Gotze, instalado en las tribunas, lesionado. El Bayern no conseguía organizarse para salir de su media cancha, teniendo que recurrir hasta a pelotazos ciegos, sin poder hacer conexión con Muller, Ribery y Robben, que prefirieron retroceder.

La intensidad sin pausa de las acciones hacía transcurrir el tiempo más rápido, y como era de esperarse, el Bayern se fue asentando con Schweinsteiger adelantándose hacia el medio, facilitando fabricar espacios y disputar pelotas, que eran propiedad del Borussia. Fue entonces que Ribery y Robben comenzaron a hacerse sentir, y los bravos defensores del Dortmund, jefeados por Hummels, y con el aporte de Piszczek y Subotic, se vieron presionados entre las paredes de la angustia.

Atrás habían quedado las atajadas de un inmenso Neuer sobre disparo de Lewandowski en el minuto 13, y frustrando los intentos envenenados de Reuss, Blazczykowski y Gundogan. Ahora el Bayern estaba recuperando posesión de balón y avance territorial. Las amenazas cambiaban de cancha, y el veterano y formidable Weindenfeller, respondió en tres escalofriantes mano a mano con Robben, y sacando un cabezazo de Mandzukic. El 0-0 de los primeros 45 minutos, fue un disfraz que no podía ocultar tantas emociones.

Y en el minuto 60, la escapada de Robben por la izquierda después de ser habilitado verticalmente por Ribery, su llegada a fondo zigzagueando, y el pase hacia el corazón del área chica que Schmeltzer trata de despejar con zurda y no lo logra, y que Mandzukic endereza contundentemente y sin apuros, para el 1-0 y el aullido rojo.

Un rato después, en el minuto 68, el asombro se hincha cuando Dante innecesariamente derriba a Reuss en el área con un rodillazo alto, y el penal es cobrado impecablemente por Gundogan hacia la derecha, mientras Neuer se estiraba al otro lado. El duelo estaba empatado 1-1. No hubo amarilla para Dante que obligaba a su salida por tener acumulado otra previa, lo que hubiera dejado al Bayern con uno menos. La lucha continuó con alternativas, incluyendo una milagrosa salvada de Subotic en la propia raya sobre un empuje de Muller, hasta que el Dortmund se deshidrató en la recta final.

En el minuto 89, frente al tiempo extra que el Dortmund no deseaba, Ribery recibe una pelota larga y elevada, decidiendo abrirle juego a Robben por la izquierda, para una rápida penetración, el enfrentamiento con Weindenfeller, y la sutileza de esa discreta y mortífera puñalada, estableciendo el 2-1 lapidario para el Borussia.

Para los que tanto se apasionan por el fútbol, siempre quedará el recuerdo de este duelo visto en Wembley, emotivo, trepidante, vertiginoso y fantasioso, ofrecido por el Borussia y el Bayern, agigantando la final de la Champions 2013, mostrando toda la fortaleza, velocidad y belleza del fútbol alemán, agregándolos al tesoro del Conde de Montecristo.

 

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