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Peleaba “Chocolatito”, nuestra máxima figura, y ganó por nocáut técnico en cinco asaltos al colombiano Ronald Barrera, pero no se llenó el Polideportivo. Había huecos en las tribunas, y grandes. La situación económica está dura, la canasta básica se aleja cada día más de las posibilidades, y los boletos para ir a una función de boxeo no aparecen en el orden de prioridades, sobre todo cuando hay televisión. Cierto, con Mayorga fue diferente, no el sábado por la noche. El arte entre las cuerdas no atrae tanto como la brusquedad. Preferimos ver al gladiador retorciéndose grotescamente, que a Rudolf Nureyev danzando sobre el arcoiris de lo fantasioso, ofreciendo un show.

Fuimos a ver al Román que parece moverse sobre mágicos patines, que estira su largo jab con precisión apache, que saca de distancia a su adversario, lo mantiene a raya, y lo somete con sus combinaciones de golpes, pero nos encontramos con “otro” Román, más pesado --posiblemente rascando las 120 libras--, lento de piernas, sin el menor interés por la media distancia o la larga que son los territorios en los que mejor se desempeña, concentrado en pelear adentro exhibiendo certeza y contundencia en el manejo de ganchos y cruzados, dominando el golpeo al cuerpo, aunque ignorando la utilidad del paso atrás para reducir riesgos y asegurar mayor efectividad.

Un “raro” Chocolatito mostrándose perezoso en los inicios de round, recibiendo golpes no propiamente dañinos pero sí molestos innecesariamente. ¿Por qué eso? Me pareció más insensato que tonto por parte de un púgil con suficiente recorrido y reconocida habilidad. Después, apretaba el acelerador, atacaba a ráfagas, demostraba que tenía las riendas del combate en sus manos, y se calmaba.

No fue el peleador ansioso de exhibir su brillantez buscando una rápida definición frente a un adversario resistente pero desprovisto de recursos. En 1975, Alexis saltó al ring y fue directamente sobre Rigoberto Riasco, destrozándolo. Parecía obvio que a ‘Chocolotatito’ le molestaba el sobrepeso. No se sentía liviano para intentar flotar, y decidió picar en corto tomando riesgo, sin poder ofrecer el espectáculo que el público buscaba.

No hay duda de su superioridad, y seguimos creyendo que dispone de excelentes posibilidades en las 112 libras, pero no hay forma de evitar preocuparnos por su evolución boxística, que necesita una urgente atención. Incluso “Sugar” Leonard regresó corriendo en busca de Angelo Dundee, después de creer que no lo necesitaba. Las facultades, el talento, se tienen para desarrollarse. Beethoven fue terco en eso.

 

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