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Imposible reconocer a Brasil en un partido que fue como un baile de máscaras. Triunfó 2-1, pero lejos de convencer, sin brillo, recurriendo a la rudeza, necesitado de la estupenda atajada de Julio César sobre el penal rasante ejecutado por Forlán en el minuto 13, frenado en sus avances, sin espacios para maniobrar durante casi todo el primer tiempo y parte del segundo, víctima de los anticipos, sobreviviendo a la falla de Thiago Silva que facilitó el gol de Cavani, y aprovechando el “arponazo” producido por la cabeza de Paulinho cuando Muslera se movió en la inseguridad y Cáceres fue inutilizado.

Era “otro” Brasil, sin encontrar ideas claras, en busca de una cancha más ancha para las cabalgatas de Marcelo y de Alves, sin saber qué hacer con la pelota, con David Luis derribando innecesariamente a Lugano en el área, Thiago Silva aturdido, fallando en la mayor exigencia que se le presentó complicándose en zona roja, Neymar aislado, y cercado cuando intentaba la maniobra individual, Oscar otra vez ausente, y el medio campo desolado, solo con la presencia de Paulinho, quien con una entrega larga y precisa activó a Neymar por la izquierda, y el rebote sobre la salida de Muslera fue tomado por Fred, raspando la pelota con la derecha, una útil cachetada, para adelantar a Brasil 1-0 en el minuto 40.

El gol logró ahuyentar antes del descanso las sombras tenebrosas que cobijaban a casi 58,000 espectadores en el Estadio Mineirao de Belo Horizonte, con ese 0-0 martirizante. Pero las intrigas permanecían: ¿Qué había pasado con la capacidad de llegada mostrada por Brasil en los tres primeros duelos? ¿Dónde estaba oculto el equipo que desarmó a Italia en un primer tiempo de agitación constante? ¿Por qué tanta rudeza sacrificando la confianza en la destreza? ¿Cómo desarticular la disciplinada y enérgica defensa uruguaya?

Rápidamente, en el propio inicio del segundo tiempo, el gol de Cavani, con su botín zurdo, tomando una pelota que Thiago Silva quiso entregar imprudentemente a Marcelo, niveló el marcador 1-1 dejando sin chance a Julio César. En ese momento, con la confusión imperando, el estadio se tambaleó y las dudas revolotearon. El futuro del partido volvía a quedar embotellado.

De pronto, Uruguay, un equipo fuera del cuarteto que jefea la Conmebol de cara al Mundial, y en peligro de ser eliminado, estaba crecido frente a un Brasil enmascarado y asustado, recurriendo a la agresividad del incansable Hulk por la derecha, apoyándose en el accionar de Paulinho, el centrocampista que el Tottenham piensa asegurar, con serias dificultades para entrar al área.

Sin enderezar su juego, Brasil intensificó la presión, y en esa gestión, se calmó. Comenzó a funcionar desde atrás con pelota dominada, mientras las energías gemían como consecuencia del agotador accionar y el calor. Scolari se apuró reemplazando a Hulk con el inadvertido Bernard, y Oscar por Hernanes. Se trataba de garantizar el sostenimiento de la vitalidad necesaria en cierres de juego.

Sin poder meter en el área charrúa a David Luis y Thiago Silva, hombres altos y fuertes cabeceadores, Brasil no podía sacarle verdadero provecho a los tiros de esquina, pero cuando Neymar realizó una ejecución desde la izquierda en el minuto 85, Paulinho se elevó junto al desorientado Cáceres, y su cabezazo perforó a Muslera, estableciendo el 2-1 que resultó definitivo. Con el partido corriendo contra el reloj, y Neymar envuelto en brusquedades, Scolari llamó a Dante para fortalecer la defensa, y sacó del escenario a su “as” de espadas, que en esta ocasión no alcanzó la dimensión que consiguió en los tres juegos anteriores. Solo tuvo una oportunidad, la manejó bien, y el rebote provocado fue gol de Fred.

Pienso, que por lo visto hasta hoy, Ronaldinho, diagnosticado como apto para ser útil, vuelve a ser una opción viable, por su experiencia y por sus recursos, que podrían asegurar un buen manejo de las proyecciones ofensivas, algo que este Brasil necesita con urgencia.

*dplay@ibw.com.ni