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Aquel 1 de julio de 2009, el informe oficial fue suicidio, pero las dudas flotarán por siempre alrededor del recuerdo imperecedero de Alexis Argüello, el más inmenso de los atletas pinoleros en el repaso de todos los tiempos, y el más querido, por su sencillez, por su espontaneidad, por ese apego a sus raíces, por esa carcajada ruidosa y franca, por su mirada limpia y por sus expresiones tan directas, como los golpes que parecían desprender cabezas, clavar puñaladas entre las costillas de los adversarios, doblar rodillas y provocar derrumbes, imágenes que grafican su grandiosidad como pugilista ganador de tres coronas.

El tiempo pasa, las hojas de los árboles caen, nos envejecemos, pero las discusiones continúan, y sus proezas permanecen latiendo, agitando montañas de recuerdos, llevando nuestras emociones a su punto de ebullición. Alexis Argüello es el gran referente del deporte pinolero. Imposible olvidar aquel amanecer gris entristecido por la fatal noticia: ¡Murió Alexis! De pronto, el país, sintiéndose desnudo y enclenque, completamente aturdido, enmudeció. Cierto, desde que nacemos vivimos amenazados, pero ¿quién no pelea tan bravamente como lo hacía Alexis entre las cuerdas, por obtener un día más de vida?

Existen muchas historias tenebrosas correspondientes a momentos de depresión por los que atravesó quien fue un flaco explosivo, incluyendo aquella de dormir con un cuchillo, pero nunca lo hizo. Creímos que superadas tantas dificultades y aparentemente establecido en una nueva esfera de sostenimiento, el fantasma del suicidio se había evaporado. En mi libro “El ídolo no muere”, me pregunto: ¿por qué lo hizo?, y todavía rasco mi cabeza huérfana de cabello frente a la testarudez del hecho.

Alexis dio la impresión de ser purificado por el fuego. El recuerdo de sus ejecutorias nos deleita tanto como si estuviéramos saboreando una copa de champán o una jícara de buen pinolillo. Logró construir hazañas revestidas de intenso dramatismo y mayúsculo heroísmo. Auténticos timbres de orgullo repicando frente a nosotros, para que nos mantengamos despiertos, en pie de lucha, retando todos los factores adversos que nos salgan en el camino tratando de emboscarnos.

¡Cómo nos sentimos hundidos, reducidos a la nada, cuando fue vencido en Panamá por Ernesto “Ñato” Marcel y nuestro sueño fue dinamitado! ¡Cómo nos elevamos por encima de la cima del Everest en busca del cielo, cuando noqueó a Olivares en el Forum de Inglewood, conquistando su primera corona mundial en peso pluma! ¡Cómo sudamos mientras nuestros huesos se derretían, viéndolo cambiar metralla furiosamente con Alfredo Escalera, en Bayamón y en Rímini, para conseguir su segundo título, ahora en las 130 libras, y defenderlo con el corazón en los dientes! ¡Cómo disfrutamos la victoria sobre Jim Watt en Londres y captura de su tercer cinturón en las 135 libras! ¡Y cómo sufrimos hasta el derrame de lágrimas cuando intentó resistir y sobrevivir en dos batallas escalofriantes, al feroz bombardeo de Aaron Pryor, derrochando todas sus reservas de coraje! En todo momento fue un peleador fuera de serie. En reconocimiento, aterrizó en el Salón de la Fama de Canastota.

Un minuto de silencio por este flaco rebelde y generoso, que quizás pudo brillar en cualquiera de diferentes tareas, pero nació para ser boxeador y desembocar en un gran campeón; por el orgullo que sentimos de haberlo tenido en nuestras manos con toda su grandeza, incrustado en nuestros corazones, haciendo cabalgar nuestras ilusiones; por habernos enseñado mucho sobre el respeto a los otros, así fueran rivales temibles; por su comportamiento ejemplar como atleta empeñado cada día en ser mejor; por ese aprecio que tuvo por el cariño de la gente, que no lo abandonó ni en los momentos más complicados después de su retiro; por esas muestras de humildad que siempre lo caracterizaron, y por haber sido lo que fue.

El mundo seguirá girando, las esperanzas nos estimularán por siempre, vamos a soñar con un país mejor y nunca dejaremos de recordar al formidable Alexis, gladiador irrepetible, salvaje y aguerrido, capaz de atravesar generaciones y ser recordado con nitidez, como se lo merece. Él pertenece a la raza de los ídolos que no mueren.

 

dplay@ibw.com.ni