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No me había percatado del fallecimiento de Wilfredo Calviño, hasta que Rafael Ávila me lo dijo. ¡Diablos! ¿cómo me pudo pasar eso?, me reclamé. Y es que la presencia e incidencia de Wilfredo Calviño en el béisbol casero, tanto durante la época resplandeciente del profesionalismo como en algunos trayectos del proceso evolutivo de nuestra pelota amateur, sólo es superada por la de Tony Castaño.

Fui amigo de ellos y gran parte de lo poco que sé sobre béisbol, se los debo. ¿Cuántas horas compartimos juntos? No tengo idea, pero obviamente fueron tantas como las que puede tomar la tarea de leer El Quijote, Los Miserables, La Guerra y la Paz y el Ulises juntos.

Calviño, dueño de una nariz que sólo se entrega por encargo y pago adelantado, tenía un buen olfato para todo. Podía haber sido espía, y en cierta forma, lo fue en el béisbol colocando su capacidad de observación y conocimientos sobre prospectos. Uno de sus grandes diagnósticos aquí en el terruño fue sobre Duncan Campbell, quien había estado con Castaño, y otro, el más destacado, ya trabajando para los Rojos de Cincinnati, valorando y consiguiendo a David Concepción.

Tengo historias sobre el aprovechamiento de su sentido común, el uso del atrevimiento, la aplicación de su psicología, el excelente manejo de los peloteros y su habilidad para juzgar el talento. Una vez en México, Tomás Morales me dijo que la diferencia entre Castaño y Calviño era la vocación de Tony para enseñar y pulir, y su concentración en la preparación.

“Uno de los recursos de mayor utilidad es sorprender con medidas audaces. Eso que no espera el adversario. No hablo de locuras o disparates, sino de acciones atrevidas”, me dijo Calviño durante una entrevista publicada en 1993, mientras trabajaba junto con Heberto Portobanco en el Mundial de Italia.

Fue Calviño quien aquí, manejando al León, ordenó base por bola intencional para Marvin Throneberry con las bases llenas. Lo mismo hizo en México con Héctor Espino, explicando “hay que tratar de simplificar daños cuando el peligro de derrumbe es inminente”.

Manager exitoso en Nicaragua, México y Venezuela, conquistando títulos, Calviño se caracterizó por su jovialidad. Agregaba a su montaña de conocimientos, una amenidad que convertía en agradable toda plática con él. Cultivó una gran amistad con Tony Castaño.

Fue campeón con León y Cinco Estrellas, llevando también al título a los Diablos Rojos en México durante 1973. Dirigió más adelante en dos etapas a los Leones de Yucatán y en Venezuela trabajó con los Tigres de Aragua. Una de sus grandes faenas fue ganar con el Cinco Estrellas la Serie Interamericana en 1964, superando a los Senadores de San Juan con Clemente, Cepeda, Pizarro, Deacon Jones y otros peloteros de ribetes espectaculares.

Nacido un 20 de julio de 1927, Calviño murió el 4 de septiembre en Miami a los 81 años, dejando huellas imperecederas de su trascendencia como manager.