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Un hombre-montaña encadenado a los cables de acero del cubano René “Level” Martínez durante menos de dos minutos, sumergido en la impotencia, víctima de su fatal martirio, eso fue lo que vimos de Ricardo Mayorga la madrugada del domingo. De pronto, aturdido, intentando levantarse del piso como una vez lo hizo en la vida, viendo cómo el adversario alzaba sus brazos victorioso, sintió que un vuelo de cuervos manchaba sus esperanzas y su presente, picoteando al mismo tiempo, frenéticamente, su futuro borroso.

No sé nada de artes marciales mixtas, y por lo visto, tampoco Mayorga, quien reclamó de Martínez utilizar sus puños, no recurrir a derribamientos, “llaves y candados”, como si se tratara de una pelea de boxeo, no de algo más complejo para nuestro entendimiento, sin saber lo que estábamos viendo por televisión, pendientes de alguna orientación clarificadora por parte del árbitro.

Aunque se habló de una revancha que solo interesaría al Quijote, pese a la oposición de Sancho a comprar boletos, el truco del nuevo show, parece haber llegado a su fin. Me informan que la asistencia fue menor que la mitad de la conseguida en el combate anterior, y que un tercer intento no tendría el menor atractivo.

“Voy a aprender”, dijo espontáneamente Mayorga, de casi 40 años, admitiendo sus limitaciones en el boxeo mixto, en tanto Martínez, más claro de lo que podía ofrecer su contrincante, expresó: “Estaba listo para cuidarme de su derecha zumbante”, agregando: “Una vez que lo tumbara, todo estaría consumado, porque aplicaría mi experiencia y recursos”, como efectivamente ocurrió, reduciendo drásticamente el trayecto.

No tuvo el menor chance

¿Emocionante? ¡Para nada! En ningún momento los ojos del público, cansados por el desvelo, se iluminaron en la pantalla. Mayorga, quien dejó de ser un “matador” después de aniquilar consecutivamente a Lewis y a Forrest, supo conservar la fama y sacarle provecho con el apropiado manejo de sus bravuconadas, pero no tuvo el menor chance frente a Martínez, según la opinión de los que saben, y su aprendizaje, tomaría tiempo del que ya no dispone a esa edad.

Un hombre que no supo mezclar su exceso de locura con un gramo de prudencia, como le hubiera recomendado Horacio, llegó a considerarse el centro del universo con una autoestima fuera de órbita. Su show prefabricado, exageradamente ruidoso, exhibiendo adicción por el cigarro y por la bebida, gritando constantemente que la vida le valía un pito, que era loco pero no tonto, que era claro como el agua y nunca se escondía, insultando más allá de los supuestos límites a sus rivales, jactándose de su irreverencia, pese a lo repetitivo, no aburría. Incluso, escapó a situaciones conflictivas difíciles de “torear”, con una desfachatez que erizaba pelos.

Debería tener dinero, pero se empeñó en meter en una trituradora cada billete que obtuvo. Lo vi en Temecula pagar la cuenta hotelera de todos los nicas que fueron a verlo combatir, y eran muchos; Al Bonnani, uno de sus entrenadores, lo acompañó mientras compraba en Walmart unos US$20,000 en material para entregárselo a gente pobre; le obsequió un carro a otro púgil que comenzaba a crecer como campeón; nunca contabilizó la ayuda que proporcionaba a tantos cuando cobraba sus bolsas; ni siquiera reparaba si las cuentas que le hacían estaban bien hechas o era víctima de “mordiscos”; estoy seguro de que no supo cuánto ganó realmente; prefería vivir en la ficción, distanciado de la realidad; su atrevimiento entre las cuerdas era infinito; no medía el alcance de sus agresiones verbales; el periodismo estadounidense lo calificó como “caso único”; consiguió más notas y portadas que el propio Alexis; y se le toleraron todas sus distorsiones. Sin duda, eso es asombroso.

Ese amor por su familia

Me llamó la atención ese paternalismo con su familia. Es algo genuino, sin maquillaje. Mayorga quiere a sus familiares, y se muestra dispuesto a cualquier esfuerzo o sacrificio por ayudarlos y protegerlos. Más que muchos de nosotros. Lo definiría como levantisco en su forma, pero bondadoso en el fondo, sin medida del riesgo y tampoco de lo que le conviene. Se abrió paso por la vida a bofetadas, y puede creer que de esa forma se pueden abrir las puertas del cielo. Hubiera enloquecido a Freud.

¿Qué le espera? Seguir en el boxeo mixto, no parece tener ni pies ni cabeza. Ser entrenador de boxeo necesita algo de “rima”, y no la tiene. Por ahora, con nuestro boxeo tan debilitado, podría dedicarse a peleas de exhibición, regresando a lo que sabe hacer. Fue una figura, pero no se percató de su desvanecimiento con el paso del tiempo.

El “matador”, desarmado, necesita urgentemente un Plan “B”. Se escuchan propuestas.

dplay@ibw.com.ni